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Opinión / JULIO 26 DE 2023

Misión en Caracas

Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal, no compromete la línea editorial ni periodística de LA CRÓNICA S. A. S.

Por la fruición intensa, por el especial deleite fijado entonces en mis papilas gustativas y demás sentidos, el glorioso pez lenguado, plato fuerte de aquel almuerzo casero, hervido a fuego lento en base láctea con toques herbales, legumbres multicolores, e inmaculado puré de papa serrana -peces y demás ingredientes con seguridad adquiridos en el cercano mercado La Carolina, joya urbana de Quito, para observadores sensibles-, se fijó para siempre en el registro de bocados no expuestos al olvido. 

Patrón, le tengo algo especial, a usted que le gusta lo bueno. Mire esta belleza de lenguados… El nombre genérico del pez pinchó mi cerebro. Tantos años a la espera de la mención para despertar fijaciones en reposo… escucharla en boca del bodeguero, en Armenia, Quindío, fue trasladarme a su hogar de entonces en la capital de Ecuador, amigo mío. Transcurría un paréntesis de su misión de décadas en Caracas, Venezuela, donde igual disfruté de sus atenciones; fue revivir instantes y estampas, ubicarlos durante días en primera fila. Quizás no alcancé la perfección, pero le aseguro que en esmero, ingredientes, tiempos de cocción y resultado final, con mi par de lenguados, me aproximé al ideal.  

Cómo no escribir al respecto, unos párrafos, para manifestarle a usted y a su familia, mi inextinguible aprecio y enorme cariño, sin importar distancias, silencios, posibles brechas ideológicas, políticas, o cambios en nuestros seres internos.  

Usted, admirado José Abril Escobar, economista egresado de mi propia alma mater, Universidad Jorge Tadeo Lozano, vinculado desde temprana edad al Banco de la República, hizo parte del grupo negociador del país ante la Alalc; luego, de organismos de comercio exterior, Proexpo, Bancoldex, Proexport, entidad de la cual fue director titular en Caracas, ostenta el mérito de haber cumplido con eficacia y brillo, durante décadas convulsas, un difícil encargo, en la promoción y gestión del comercio bilateral colombo-venezolano, otrora componente fundamental de la balanza externa comercial y cambiaria de los dos países. Su conocimiento profundo del tema, resultado de años y años de estudio, de investigación, de práctica sobre el terreno, aun en el escenario adverso de países hermanos contrapuestos en lo político-ideológico, estimulando una relación comercial fluida, fructífera para ambas partes, aseguró beneficios incalculables para personas naturales y jurídicas de ambas nacionalidades. Imagino el golpe anímico que supuso la ruptura diplomática-comercial con Venezuela, los previsibles y nocivos efectos inmediatos o de largo plazo. Nadie mejor para evaluarlos, para comprobar con dolor cómo la política socava las provechosas relaciones económicas entre naciones premiadas o castigadas, según cómo se mire, con su vecindad.  

Desde mi Calarcá del alma, durante años paso obligado de la miseria, del hambre, del más penoso desarraigo, procedentes de la patria de Bolívar, hemos observado y sentido a diario el peor drama humanitario de la historia continental. Imposible dejar de preguntarse cómo permite el mundo civilizado que algo así ocurra, ante la indiferencia y pasividad de todos. Las historias del penoso éxodo, hoy día extendido por todos los confines de América y del mundo, colman de oprobio a causantes directos y a quienes lo toleran, pudiendo intervenir en su solución. Me cabe la suerte de haber interactuado en el plano laboral con varios migrantes de provincias y ciudades venezolanas, con sus familias. Aquí han encontrado comprensión, amparo, trabajo digno y creativa convivencia.  

Reitero mi admiración y gratitud hacia usted y los suyos. Confío en que, en algún momento, cuando las corrientes económicas retomen su cauce, se haga manifiesto oficial de reconocimiento hacia usted y hacia su gestión. Puede carecer de valor, pero por lo pronto, cuente con el mío. 
 


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