Opinión / SEPTIEMBRE 04 DE 2021

¿Nadia no es nadie?

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“¿Qué mano ladrona saqueó la estatua de oro puro de tus sueños?”, se pregunta e interroga a las segregadas mujeres afganas, Nadia Anjuman. Frenética con su discriminación femenina, la intransigente ideología talibán no podrá ocultar al mundo la tragedia ni el mensaje poético de Nadia, para todas las afganas azotadas por premisas culturales y religiosas de dicho sistema, pretendiendo que estas no retoñen, no florezcan ni fructifiquen en la poesía, el arte, la ciencia o la política. Escritora, estudiante y periodista asesinada a golpes a los 25 años de edad por su esposo Farid Ahmad Majid Mia, licenciado en literatura, conferencista de filología y empleado administrativo en la facultad de Literatura de la Universidad de Herat, con quien la forzaron a casarse. No condenaron por su crimen a este filólogo, quien tal vez leyó a Aristóteles y encontró en el pensamiento del estagirita razones occidentales para justificar su acto feminicida. El filósofo sostenía la idea de inferioridad biológica de las mujeres, “meras vasijas vacías del recipiente del semen creador”, con su concerniente sujeción psicológica y moral al hombre. Sin embargo, los talibanes, refractarios a la cultura occidental, leerían complacidos su Historia de los animales, donde Aristóteles establece las diferencias entre los sexos. La poesía escrita por mujeres, mancilla la religiosidad de sus familias, aunque compongan modernos y renovadores gazales afganos, como los del acusador libro de Anjuman: Gol-e-dudi. Flor ahumada. O Flor roja oscura. “Estoy enjaulada en esta esquina/ llena de melancolía y pena.../ Mis alas están cerradas y no puedo volar. /Soy una mujer afgana y debo lamentarme”. El único y breve libro de Nadia Anjuman, escrito entre sus 20 y 25 años de edad, fustiga con juveniles versos renovadores de la poesía dari en este país, los patriarcados religiosos, familiares y económicos afganos. Poemas contra toda práctica de subyugación femenina en Afganistán y el mundo. Mujeres afganas: nada de trabajar, nada de estudiar, no rían en voz alta, solo coser, solo tejer y nunca se atrevan a escribir ni a leer poesía. La mayor regresión para las mujeres de esta nacionalidad se dio cuando, entre 1996 y 2001, los talibanes impusieron su rancia versión radical de la ley islámica, prohibiéndoles estudiar, trabajar, salir solas de sus casas, mostrar la piel en público, acudir a consultas médicas atendidas por varones, usar tacones, vestir ropa colorida y vistosa y participar en política. Anjuman, de nuevo se erige en ícono de libertad y reivindicaciones de la mujer afgana que, como millares más, son humilladas, negadas o asesinadas por transgredir preceptos del religioso dogma talibán. Nadia, no-hables-ni-cantes. Hassani: no pintes. Tu universo está bajo el burka y de aquí no puede expandirse.  La horca te espera por intimar con Shakespeare y fraternizar con Dostoievski.


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