Opinión / SEPTIEMBRE 12 DE 2012

No soy marxista

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  Parto con una aclaración: a la hora de hablar de la izquierda es apropiado hacerlo en plural. Hay izquierdas. Una de ellas, quizá la más vistosa, es la marxista. En efecto, el comunismo, históricamente fraccionado en dos líneas: la de Pekín y la de Moscú, acaparó durante decenios la atención de la opinión pública hasta el punto que para la mayoría es sinónimo de izquierda.

Los íconos de la disidencia son comunistas; lo fue Rosa Luxemburg, Frida Kahlo, el Che Guevara, Víctor Jara, Camilo Torres estuvo a un paso de serlo, en su momento lo fue Cohn-Bendit. Porque, de las pocas cosas que hace bien, el socialismo científico es insuperable en su santoral laico.

Prosperó entre la juventud colombiana de los sesenta y setenta gracias a la inequidad económica, incluso hoy vigente. Sin embargo, una vez concluida la primera década del nuevo milenio, a meses del anunciado apocalipsis maya, si bien ciertos diagnósticos de la realidad del tercer mundo conservan validez, las soluciones propuestas por los seguidores de Marx son cuando menos largas vías entre dos capitalismos. Además, y no es necesario ser miembro de alguna academia de historia para saberlo, los países en los cuales la mesnada del martillo y la hoz se tomó el poder, cayeron en la trampa de los regímenes policiales. No hay excepción. Ni siquiera Cuba, el paraíso para los afiliados al partido fundado en Colombia, entre otros, por Luis Vidales.

La asimilación de las izquierdas al comunismo ha impedido el surgimiento de voces disonantes, de movimientos contestatarios distintos a los ya vetustos agrupados en el Polo Democrático. Dicho fenómeno conlleva a la todas luces evidente derechización de la ciudadanía colombiana, a la imbatible popularidad de Uribe. En lo anterior juegan un papel no menor, por supuesto, los medios noticiosos, responsables de la creación de la agenda pública. No obstante, sería una estupidez negar que los portavoces de las reivindicaciones populares proclaman a voz en cuello un discurso no articulado con las masas que dicen representar.

En otras palabras, junto a la clase dirigente, los responsables de la subsistencia del status quo, son los feligreses de Mao. Hay, desde luego, otras razones por las cuales no soy marxista. Resalto dos.

Primera, el comunismo sustituyó la religión con el culto a la personalidad. La santísima trinidad cristiana —elogio de la hombría pues hasta dios tiene testículos—, fue reemplazada por la no menos varonil terna de Marx, Engels y Lenin. Los textos sagrados de los judeocristianos, para ellos fuente de toda verdad, fueron suplantados por el Manifiesto y ¿Qué hacer? No percibo diferencias entre los religiosos, convencidos de la inmutabilidad de sus ideas, y los marxistas, repitiendo la misma respuesta a un acertijo cambiante. Ambos piensan dentro de los márgenes permitidos por la ortodoxia y miden la veracidad de una tesis por su grado de apego a lo dicho por la jerarquía.

Quien se atreva a separarse un milímetro de su doctrina merece sin derecho de apelación el señalamiento de poseído por fuerzas demoniacas, para el caso de los religiosos, o de agente a sueldo de la CIA. Segunda, las libertades defendidas por ellos en el sistema capitalista: la libertad de opinión y de prensa, son las primeras sacrificadas, en aras de consolidar el proceso revolucionario, cuando llegan, ya sea por las armas o por las urnas, al poder.

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