Opinión / MAYO 07 DE 2020

Noches de vino y pistolas

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En las primeras páginas de La noche de la pistola —sus demoledoras memorias— el periodista David Carr afirma algo que cualquier adicto —poco importa la sustancia— podría validar en el acto: “Cuando se toca fondo, la fría realidad siempre es una sorpresa”. Sin duda, la mayoría construimos nuestras rutinas con la argamasa de los pequeños embustes y de las grandes omisiones: las mentiras blancas y grises no desactivan el tic-tac de la bomba pero nos hacen olvidar por un rato su ominosa presencia. La verdad pura, dura y desnuda suele ser insoportable: unas manos gruesas presionando el cuello hasta cortar el aire. Solo en los momentos cruciales —unos cuantos en toda la vida— las ficciones se caen con estrépito, dejando a la vista las cañerías y los muertos mal enterrados en el sótano. En eso consiste ‘tocar fondo’. Carr lo supo y escribió sobre ello un libro insólito, feroz.

La noche de la pistola constituye un peculiar ejercicio de escritura autobiográfica: consciente de la naturaleza discursiva de la memoria, el autor somete sus recuerdos al minucioso escrutinio de los demás. Provisto de cámaras, micrófonos y cuadernos, entrevista a los monstruos del pasado: exnovias, amigos de la niñez, compinches de farra y frenesí, antiguos jefes y compañeros de trabajo, familiares cercanos y no tanto. 

Al final, ese Frankenstein emocional le revela a Carr no solo quién es él, sino —más inquietante— cómo diantres lo ven los otros. De un sopetón, descubre el saldo de su paso de elefante ebrio en las existencias ajenas: las heridas dibujadas en la psiquis de Doolie, los desvelos maternos y el naufragio propiciado en el destino de la madre de Erin y Megan, sus hijas. Aquí calza el verso de Rosario Castellanos: “Matamos lo que amamos”. A pesar de esto, la suerte a veces sonríe al brindar un segundo y tercer chance para recomponer el camino. En otras ocasiones no lo hace y el resultado es la sobredosis o la cuchilla en la bañera de agua tibia o una condena por conducir bajo los efectos del alcohol.

El 12 de febrero de 2015, tras moderar una charla entre Edward Snowden y Laura Poitras —responsables del documental Citizenfour—, David Carr se desplomó en la sala de redacción de The New York Times. Murió ese día con 58 años de edad. En La noche de la pistola, Carr relató 2 hechos neurálgicos, un antes y un después en su escabrosa biografía: la madrugada en la que dejó en el asiento trasero del automóvil familiar a sus hijas gemelas mientras él se internaba en los pasadizos del crack y la tarde en la que con un vaso de licor tiró por la borda catorce años de abstinencia. Dichos sucesos pueden incluirse en la antología de escenas memorables de historias de adicción, a un lado del encierro de Frankie Machine —Sinatra— en el cuarto de Molly —Novak— o el desespero de Joe Clay —Lemmon— en el invernadero de su suegro a la caza de una escondida botella de whiskey malo. Estremece saberlo: unas cuantas decisiones nos separan de la celda o de la camisa de fuerza.

 


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