Opinión / JULIO 07 DE 2009

Nos colonizó el desempleo

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Las desalentadoras cifras publicadas la semana pasada por el DANE respecto al empleo en el mes de mayo muestran como la desocupación se engulle vorazmente a muchos colombianos en edad de trabajar. Como sabemos que Armenia no aparece en las estadísticas, realicé un sencillo ejercicio consistente en identificar las ciudades del centro occidente del país en donde se mide el mercado laboral, tratando de ordenarlas de acuerdo a su tasa de desempleo y por su distancia de la “Ciudad Milagro”, y vaya sorpresa que me encontré.


Primero: las ciudades situadas a menos de 100 km de distancia muestran tasas de desempleo altas: Pereira 20,7% a 33 km, Ibagué 18,2% a 100 km y Manizales 14,6% a 78 km. Segundo: las ciudades que les siguen en distancia tienen tasas menores: Cali 13,8% a 170 km, Medellín 15,0% a 265 km y Bogotá 11,6% a 265 km. Esta distribución geográfica muestra que en el “Triángulo de Oro de Colombia”, las ciudades de Ibagué, Pereira, Medellín y Manizales tienen tasas de desempleo entre el 14.6 y 20,7%, lo que arroja un promedio de 17,1%; mientras que Cali y Bogotá presentan una media de 12,7%.


Este somero análisis territorial demuestra que el Quindío está en medio de un vecindario que ostenta el mayor porcentaje de desempleados del centro del país. Entonces, “si blanco es, gallina lo pone y frito se come”, sin duda alguna que el desempleo en Armenia está rondando el 20%.


Pero no son necesarias mediciones o deducciones para darnos cuenta de la rampante desocupación que se tomó a Armenia, solo basta caminar por sus calles para observar que gran parte de la población está sumida en la angustia ante la falta de empleo y de ingresos que suplan las necesidades básicas familiares.


Se pueden contar por miríadas los desesperados con rostros desencajados. Hace un año, las calles y andenes del centro Armenia reflejaban su dura realidad social, hoy, en esas mismas calles, eclosionó la desocupación y se multiplicaron los batallones de rebuscadores. Pululan por todas partes seres, en edad o no de trabajar, tratando, a como dé lugar, de conseguir unas monedas. Caminando por ese desbarajustado centro recordé las palabras que una minera ilegal en Caldas, que barequea por obligación en busca de una pepita de oro, le decía a las autoridades: “la pobreza no nos permite distinguir entre la legalidad y la ilegalidad”.


Mientras la ciudad se descompone y el caos y la anarquía que produce la falta de oportunidades coloniza las calles y corroe lo que queda de nuestra endeble estructura social, el problema del desempleo parece no ser la prioridad de la dirigencia local, pues casi nadie se compromete con estrategias y metas concretas para crear empleos y aumentar ingresos. Del tema no se habla, no se discute, solo prevalece la retórica insulsa y repetitiva de algunos que se limitan a interpretar las cifras, a criticar al DANE por no incluir a Armenia en sus encuestas y a lamentarse de la crisis del café, discurso que de nada sirve para los que hoy tienen que regresar a sus casas con los bolsillos vacios.


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