Opinión / MAYO 06 DE 2015

Notas de la FilBo

Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal, no compromete la línea editorial ni periodística de LA CRÓNICA S. A. S.

A uno, ingenuo discípulo de Pangloss, a menudo se le olvida cómo funciona el sistema de cosas. Con frecuencia se le escapa que los tiempos modernos están signados por el consumo, por la compra y venta de cualquier cachivache: desde una fotografía en internet hasta un simulacro del amor. Esto lo recordé en los pabellones de la pasada Feria Internacional del Libro de Bogotá —mejor conocida por la cariñosa sigla de FilB—. Allí, en medio de gente de todo tipo, caí en la cuenta de una realidad pasmosa para un lector: la belleza es un consenso, una opinión histórica, una creencia fácilmente moldeada a su antojo por el capital. Así, de un plumazo, en virtud de una bien diseñada estrategia de mercadeo, una novela menor, un poemario gris, un deplorable volumen de cuentos puede, como por ensalmo, opacar el brillo de una obra de auténtica calidad. En varios de los pabellones los reflectores resaltaban los stands de los pulpos de mil nombres mientras las editoriales pequeñas, las independientes, a duras penas recibían la visita de algún cliente. Porque, y esa es una de las lecciones de la FilBo, ya no somos ciudadanos ni pacientes ni lectores: ahora somos clientes, consumidores, comparsas en el espectáculo.


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El extraño robo de un ejemplar de la primera edición de Cien años de soledad cierra un capítulo del más bien bochornoso prontuario de relaciones entre Colombia y el fallecido Nobel. Lo confieso: las filas a la entrada me disuadieron de entrar al pabellón Macondo. También, la verdad, las críticas al montaje escenográfico. Alguien me dijo: en ese sitio quien menos importa es García Márquez. Sumado a ello, el runrún durante los días de feria terminó por enrarecer el ambiente. Decían las malas lenguas, las mejor informadas: lo de Macondo fue decisión de última hora. En un principio el país invitado era España. Cuestiones monetarias impidieron concretar con los ibéricos el asunto. Sea cierto o no, sí fue evidente la improvisada programación en la gallera de Macondo –a propósito: ¿a quién se le ocurrió la peregrina idea de montar una gallera en ese sitio? Salvo en El coronel no tiene quien le escriba, la gallera ocupa un lugar marginal en las novelas de García Márquez–. El famoso hijo del telegrafista de Aracataca se convirtió en el tótem cuyo contacto concede celebridad a los reptiles, a los plumíferos y a los gansos, infaltables especímenes del bestiario de eventos como la FilBo. Una foto, un libro autografiado, una anécdota, todo sirve para presumir de una amistad que casi siempre no fue tal. Da grima el destino de los genios.


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El fin de semana de cierre, la FilBo fue un triángulo de las Bermudas instalado en el centro de Bogotá: no se podían recibir ni hacer llamadas telefónicas. El 1 de mayo, vista desde un helicóptero, Corferias tenía el aspecto de un hormiguero. La gente acudió en masa a la FilBo como quien va en peregrinación a Monserrate o a pasar el día en el Parque Nacional. Los lectores sufrieron los empujones y los codazos de una muchedumbre encantada con las mazorcas asadas y las cervezas a bajo precio.


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