Opinión / ABRIL 18 DE 2021

Padres en pandemia  

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Por estos días atiendo en mi consulta a muchos padres de familia para conversar sobre los nuevos roles que han tenido que ejercer durante este último año. Algunos lo viven como una experiencia enriquecedora, mientras otros se sienten agobiados y fatigados. La mayoría coincide en que han aprendido valiosas lecciones, pero la exigencia ha sido alta y bastante retadora en términos de ajustar e instaurar nuevos hábitos de convivencia, de protección y autocuidado y de coordinación exitosa de las actividades que combinan la virtualidad del trabajo de los padres y estudio de los hijos.   

Lo que he logrado concluir en muchos de estos encuentros con las familias es que parte de asumir con éxito estos desafíos está relacionado con tener nuevas y amplias comprensiones sobre la dinámica de las relaciones familiares en un tiempo extraordinario como el que estamos viviendo.   

Una muy importante tiene que ver con aceptar que el conflicto hace parte de estas condiciones de convivencia inéditas. En este contexto es esperable la divergencia, las opiniones diferentes, el choque de maneras distintas de hacer las cosas lo que hace que haya más fricciones de las que usualmente se daban. La idea no es que no ocurran si no evitar que la confrontación escale de manera frecuente. Para eso se pueden poner en práctica muchas estrategias prácticas y puntuales que aplicadas de manera consciente y sistemática generan dinámicas más manejables y productivas.  

La manera como los distintos miembros de la familia tramitan sus emociones es otro tema que exige tener una visión dada más desde la empatía que desde la crítica, la culpa o el reclamo.  La experiencia de la pandemia y todo lo que esta ha implicado nos lleva a estar angustiados, estresados o preocupados y esto a su vez provoca reacciones que no siempre resultan muy adaptativas. Por lo que son esperables, aunque no justificados y tampoco insuperables, los estallidos emocionales, la pérdida del control, el aburrimiento, la desmotivación, el poco interés por ciertas actividades y la dificultad para manejar el tiempo, entre otros. Esto se traduce en la vida práctica, por ejemplo, en dificultades en el desempeño escolar de los niños y jóvenes o en la poca colaboración en las labores propias del funcionamiento de la casa.  

En medio de tantos desafíos una decisión de orden más pragmático es modular las expectativas. Exigir a otros y a sí mismos estándares de funcionamiento que, en épocas normales, puede volverse una camisa de fuerza que lleva a instalarse en círculos viciosos de cansancio, pocos resultados y con frecuencia interacciones violentas.   

En tiempos de crisis esperar con confianza, pero con principio de realidad es una buena alternativa.  


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