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Opinión / MAYO 26 DE 2024

Pandebono inmarcesible

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Hace algunos días, algo llamado Taste Atlas declaró al pandebono colombiano el mejor pan del mundo (¡Oh, gloria inmarcesible!). Los colombianos, como de costumbre, nos montamos en esa chiva con papayera y empezamos a celebrar con aguardiente y disparos al aire por habernos ganado el mundial de panes. En este ranking, el pão de queijo brasileño ocupó el segundo lugar. La marraqueta chilena y boliviana, el tercero. El pampushka ucraniano, el cuarto. El quinto, el pandeyuca, de Colombia y Ecuador. El sexto, nuestra almojábana. El séptimo, el bagel neoyorkino. El octavo, nuevamente Colombia, con el pandequeso… el análisis es simple: o Colombia tiene la mejor panadería del mundo o aquí hay gato encerrado. ¿Qué tan confiables son los listados de Taste Atlas? Eso no parece importarnos. Lo que sí nos importa es que una alguien dijo que ganamos en algo, y ahora tenemos un motivo más para sentirnos orgullosos de ser colombianos.

Taste Atlas es una organización que en su sitio web se describe como “una enciclopedia mundial de platos tradicionales, ingredientes locales y restaurantes auténticos”. Fundada en 2018 por Matija Babic, un emprendedor croata que no es chef ni crítico gastronómico (y físicamente es una mezcla de Tulio Recomienda con un escolta de Vladimir Putin). Se creó después de que Babic, de tour por Europa, se preguntó en varios países: “¿Qué valdrá la pena comer aquí?”. Tulio escolta dice que son expertos los que califican los platos, pero no se sabe con exactitud cómo lo hacen ni cómo se ponderan las opiniones de los usuarios, por lo que los rankings podrían estar viciados por relaciones comerciales.

Esta euforia nacional pandebonera me recuerda el mito de que nuestro himno nacional es el segundo más bonito del mundo, después de “La Marsellesa”. Uruguayos, argentinos, ecuatorianos y otros dicen lo mismo de los suyos. En una columna de 2004 escrita por el gran Juan Gossaín para la revista SoHo, llamada “Lo que nunca entendí del himno nacional”, el periodista nos aclara el origen de la entrañable canción patria: “En Cartagena de Indias, su tierra, cualquiera sabe que esas once estrofas lamentables las escribió Núñez en su viejo gabinete de abogado, para salir del paso ante la petición obligante de una amiga suya, la rectora de un colegio local de aquellos tiempos, que necesitaba un himno para su liceo. Lo malo, como en esta vida nadie comete versos en vano, es que ya hecho presidente unos aduladores bogotanos, de los que en Barranquilla llaman lavaperros y en el diccionario se llaman lambones, le dieron la sorpresa de desenterrar el esperpento y convertirlo en el Himno Nacional, con el único propósito de endulzarle el oído al príncipe. Eso les pasa, por sapos”. The Telegraph publicó alguna vez una lista de los diez peores himnos del mundo, y el de Colombia quedó como el sexto “más horrible”. Lo llamaron cursi. 

Podrá estar amañado el ranking de Taste Atlas, pero el esponjoso pandebono seguirá ocupando siempre el primer puesto… en nuestro corazón.


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