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Opinión / ABRIL 23 DE 2020

Pandemia y trapos rojos

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Creada la famosa ley 100 en la que actúan como socios, dueños, empresarios o asesores, varios dirigentes de la clase política, es incomprensible que, siendo representantes de una comunidad, exista esa orfandad ya conocida en los hospitales públicos con su falta de equipos y esa desprotección laboral de los trabajadores, dando razón a esa crítica que de paso confirma esa lucha de ellos por tener al mando los hospitales como cuota burocrática al servicio de los partidos.

Cosas de la vida y es increíble comprender, laborando en instituciones públicas sin protección social, remuneraciones inicuas, atendiendo humanamente a pesar de sus fatigas, con posibilidades de contagiarse. Hoy ya muchos de ellos, en silencio, vienen colgando imaginariamente en forma oculta esos trapos rojos en sus ventanas, hoy conocidos como signo del hambre. Al traspasar y revisar las protecciones en otras entidades públicas están amparados de todo sin angustias, no hay trapos rojos colgados. A esos seres humanos al servicio del Estado en los hospitales, no los olvidemos, podrán ser protectores y salvadores de usted y su familia. Aplausos y bendiciones para ellos, pues mi Dios nos permitió contar con ellos a pesar de las injusticias.

Qué dolor podrán sentir esos congresistas cuando aprobaron la ley 100, hoy en el lugar donde se encuentren protegiéndose con su familia, casas o fincas, temerosos de cualquier contagio, sin colgar los trapos rojos. Qué daño el que le han hecho a la salud de un país.

Aunque se encuentren protegidos, sin colgar trapos rojos, millones de colombianos piden al Gobierno y Congreso, rectificar o corregir esos errores o negocios a la salud —ley 100— que, con su visión de políticos y negociantes intacta, hagan algo por el bien del país. 

Es tan amplio el desespero y ceguera en unos dirigentes que, notando esas reacciones fuertes de rechazo al Congreso —trapos rojos colgados en varias partes de Colombia— para no sentirse culpables de esos daños sociales y empresariales prefieren evadir esa tormenta con proyectos populistas que llamen la atención.

Hasta el corazón más sordo y ciego, hoy vemos y se muestra lo que nunca o pocas veces se valoraba ni mucho menos se sentía, el hambre. Esa misma solidaridad y comprensión es la que requiere Colombia. Esto no para mañana, todos pidiendo. El Estado aportando y otros robando, una crisis económica creciendo sin saber hasta cuándo. Es momento de que el Gobierno mire más en su interior, corrija, rectifique o llame a otra emergencia fiscal o tributaria, revise y elimine gastos históricos injustos y evite que a futuro se estalle la nación por culpa de pocos y se invada Colombia de trapos rojos, colgados en sus ventanas, como símbolo del hambre e incompetencia estatal y política de nuestros dirigentes.

 


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