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Opinión / MAYO 20 DE 2024

Pegasos

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Es poco lo que recuerdo de mi abuelo materno: un anciano de un metro setenta y seis de estatura, con una piel de color blanco, aunque no tan intenso como el de su barba, siempre poblada y larga. Se llamaba Merardo. Era un campesino silencioso que labraba la tierra mientras el sol se lo permitiera. Me sorprendían de él dos cosas: la imperturbabilidad para caminar descalzo por su escarpada finca (solo usaba zapatos cuando pisaba las pavimentadas calles de Calarcá) y su singular relación con un caballo tan blanco como la neblina que acobijaba aquel lugar. No recuerdo el nombre del animal. Y creo que fueron pocas las veces que logré cabalgar sobre él. No por un egoísmo de mi abuelo, sino por un respeto incondicional hacia su corcel. 

De ellos dos me quedan recuerdos casi macondianos. A las cinco de la mañana, el animal empujaba con su cabeza la puerta principal de un modesto rancho que mi abuelo habitaba. Lo hacía con toda la intención de que le sirviera su primera porción de alimento del día. Una vez también vi a mi abuelo llevando sobre su espalda una carga a la que previamente ajustó su peso porque no soportaba la idea de someter al animal a los esfuerzos típicos que exige el campo. Así, Merardo recorría las veintitantas cuadras de cafetales y bosque de aquella finca mientras su inmenso amigo jugaba a tirar de su camisa o intentaba arrebatar la peinilla que colgaba de una cubierta de cuero y que, ajustada a la cintura del anciano, se mecía con cada paso.

Nunca vi a mi abuelo sobre ese caballo. Quizá pretendía que, sin herraduras ni enjalma, su enorme amigo sintiera la misma libertad que él sentía al caminar descalzo por aquellos fragosos terrenos. Así que eran dos individuos jugando a ser libres en una finca que les alcahueteaba sus caprichos. En ellos logré ver que las mejores compañías también pueden estar entre dos seres que no se dicen nada.

Mi abuelo enfermó y tuvo que ser trasladado al hospital. Creo que fue una peritonitis o una mala intervención quirúrgica la que cortó su vida a los 80 años. Poco antes de que muriera, siempre se mostró preocupado por su incondicional compañero. Preguntaba por él y repetía ante sus hijas lo que durante mucho tiempo no se cansó de decir: nunca sería capaz de ver a su fiel corcel fallecer antes que él.

No sé qué ocurrió con el caballo en los días en que mi abuelo estuvo en el hospital, pero me lo imagino frente a la puerta del rancho sin poder despertar a su caballero. Ya no había a quien tirar de la camisa mientras caminaba por aquella finca. Lo imagino en una soledad absoluta, apesadumbrado en medio de los escarpados terrenos, adentrándose en medio de la espesa neblina matutina. Días después hallaron el cadáver del equino y parecía llevar el mismo tiempo de muerto que su mejor amigo. Creo que mi abuelo malacostumbró a ese animal, porque sorprende mucho que una bestia capaz de llevar sobre sus lomos las más pesadas y hostiles cargas no lograra soportar la ausencia de su compañero.
 


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