Opinión / OCTUBRE 25 DE 2020

Pensar la ciudad

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Un interrogante clave en la administración actual de la ciudad es ¿quién o quiénes deben estar pensando la ciudad? Para dar respuesta se requiere utilizar los imaginarios urbanos, sumado con sus transformaciones e iniciativas sobre ‘construcción de ciudad’, a fin de identificar los actores responsables en asuntos de convivencia y seguridad ciudadana. 

El país evolucionó de una sociedad agraria hasta convertirse en regiones con grandes centros poblacionales, aunque sin mayores andamiajes de planeación. Con cambios en su modernización —sin modernidad— en cuanto a su renovación en infraestructura industrial, de vías públicas, de escenarios deportivos, entre otros.

La ciudad es el punto de ebullición de nuevas ideas y del surgimiento de una transferencia cultural, conformada por diversos estilos de vida, modos de habitar, sentimientos y de transmisión de conocimiento popular. En donde se han edificado fragmentaciones urbanas —zonas marginadas y desiguales—, con marcos de referencia en arraigos y deslindes cívicos, reflejando la diferenciación social en el entorno que la conforma.

Complementado con un proceso civilizatorio débil que no ha generado elementos que permitan que los habitantes convivan en paz y armonía con sus congéneres, causando de la misma manera una fractura moral y axiológica, que emerge en un desequilibrio del moldeamiento de las emociones y sentimientos del individuo —desencuentros—, conllevando a manifestarse con más temor en lo urbano.

Prevalecen distintas modalidades de violencia en la ciudad y formas de dominación, ante la creciente mutación en las dinámicas de las relaciones microlocales, con el establecimiento de poderes y modos ideológicos que generan en la ciudadanía imaginarios sobre el correcto control social, a través del ejercicio de la violencia y ante la ausencia de seguridad ciudadana y de proceder efectivo y legítimo de justicia.

Según Durkheim —1895—, la ciudad es un “hito” en donde se relacionan los sistemas anómicos y procedimientos disfuncionales, alterando la convivencia y generando diversas formas de criminalidad. Entonces, en pro de pensar la ciudad hay que fortalecer los procesos democráticos y de participación ciudadana, y entenderla como un ‘proyecto social’, con un liderazgo focalizado para resolver los problemas más apremiantes de la población.

¿Cómo dar respuesta? Se debe construir la ciudad como un reto de gestión de ciudad, pensándola en el largo plazo a manera de un bien de todos, a través de la participación de la sociedad civil, la academia, el sector privado y el gobierno local, para situar a la ciudad a modo de actor central y proyecto comunitario.

Pensar la ciudad es reconocer su dialéctica, con el objetivo de desarrollar el ‘plan’ para los ciudadanos desde una mirada con acciones holísticas que valoren, entre otros, el espacio público, las iniciativas cívicas y la arquitectura de una cultura del convivir y de no violencia. El modo de pensar la ciudad debe ser colectivo, lo que será determinante con el fin de reconstruirla.
 


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