Opinión / SEPTIEMBRE 17 DE 2017

Persona y deber moral

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La persona no es solo por su dignidad, sino en lo que representa por la función social que le corresponde.

 


Médico, profesor, policía, político, herrero… son profesiones en las que el individuo encuentra una imagen de sí mismo y un deber ser cuyo perfil está motivado por valores y códigos de conducta. La persona actúa de conformidad con unos fines sociales que ha de satisfacer y realizar. Del médico se demanda conocimiento a profundidad de la enfermedad y la salud y dedicación completa y necesaria que prodigue en el paciente (un ser confiado a su cuidado) los beneficios y recursos de una profesión hecha para contribuir a una vida digna. Son deberes concernientes a las tareas particulares de la profesión, de la cual se espera, también, que ofrezca posibilidades de autodesarrollo profesional. Y si bien las profesiones son un trabajo para ganarse el sustento, no todas tienen el mismo nivel de exigencia, pues algunas, por lo que significan para la sociedad, reclaman mayor compromiso y plena responsabilidad, tanto así que cuentan con una ética propia –un código ético- y las mueve un sentimiento de respeto por el prójimo y un fundamento de humanidad: jueces, médicos, maestros, sacerdotes. En lo relacionado existe un ethos profesional específico con criterio amplio y suficiente en él que prevalecen el bien común y la acción altruista por encima del interés mezquino de carácter económico, superioridad social o propósitos individuales.

En términos de valor moral la persona y la profesión se confunden. Se habla del médico, el profesor, el juez…en calidad de funciones de distinción que están por encima del individuo. ¡Un médico excelente! es un calificativo que resalta de la profesión un valor personal. Pero no todas las profesiones tienen igual valor, y en el entendido de que ninguna profesión es indigna, si hay algunas que se destacan en lo relacionado con las expectativas sociales. Que un ebanista haga un mueble de mala calidad poco importa si no nos afecta, pero que un juez o un profesor se comporten de modo corrupto, conformista o apático si trae serias consecuencias en relación a que se desconfía de las instituciones que representan y ellos serían personas a las que habría que reprochar y descalificar por su mala conducta.

Es importante, entonces, por el empeño social en la formación y la idoneidad profesional, disponer de códigos morales mucho más exigentes en profesiones cuya vocación y distinción de persona es fundamental por el valor que tienen en la sociedad.


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