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Opinión / JUNIO 24 DE 2024

Plano cenital

Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal, no compromete la línea editorial ni periodística de LA CRÓNICA S. A. S.

Anoto en la libreta: en la incoherencia está lo humano. Añado un punto y me detengo para leer con recelo la oración: no es más que una tentativa para justificar mis contradicciones. Me propongo escribir todo esto porque se acerca agosto, no entiendo mi hermetismo y recuerdo cosas.
Era lunes festivo porque se conmemoraba la independencia. La cortina azul de la ventana estaba abajo, la cama revuelta y el computador reproducía la tercera temporada de Cold Case. El sol entraba con intensidad por la puerta abierta del balcón. Ese fin de semana no regué las plantas, no leí ni una página, salí del cuarto únicamente para recibir los domicilios y a pesar del calor, me mantuve con el pijama. La duda mordía desde adentro: no aceptaba que vivía una tusa y tenía un mes de retraso –el mismo tiempo sin hablarlo con nadie–.
Desde niña evito que mi presencia haga ruido. Esquivo el pedir favores y prefiero dar en vez de recibir. Elijo escuchar, hablo con muy pocos sobre mis dolores o cicatrices, me cuesta confiar, prefiero estar detrás de lo que escribo y me exijo aprender sobre cualquier cosa para no depender de otros. También práctico en mi cabeza varias veces lo que voy a decir cuando voy a pedir algo o a expresar algo importante. Me cuesta aceptar la ayuda y me intimidan los regalos, sin embargo, a veces quiero hablar, confiar, contar con alguien, recibir un abrazo y saber que existe una sonrisa cómplice.
Por eso me obligué a hablar sobre eso. Le escribí a mi compañera de piso por WhatsApp. En seguida llegaron varios mensajes, uno que otro chiste y palabras de preocupación. Se ofreció a acompañarme al médico –en dos días había agendado una cita–. También dijo que en seguida iría a mi casa para llevar una prueba. Quedamos en pedir pizza y ver una película. Agradecí sus gestos, necesitaba de compañía para conseguir algo de valor.
Pasaron varios capítulos más de la serie. A cada tanto levantaba la cortina, a la espera de verla llegar. Nada. Al final de la tarde, recogí los empaques de comida, organicé un poco la mesa de los libros y doblé las sábanas para disimular el caos.
Por fin escuché la llave, abrí la puerta del cuarto y charlamos brevemente. Entró a mil: venía a arreglarse los crespos y a cambiarse de ropa para volver a salir, su novio la esperaba. No mencionó la prueba casera –que había prometido– ni preguntó cómo me sentía. Me despedí confundida. No le hablé a nadie más.
De nuevo en la soledad del cuarto. Abrí Rappi y pedí la barra de plástico. Leí las instrucciones y a punto de echarme a llorar, oriné sobre el dispositivo blanco con rosa. Me pesó sentirme tan sola. Nadie compartía mi miedo, nadie esperaba el resultado del otro lado de la puerta. Estaba devastada. 
El resultado negativo de la prueba me permitió, a las semanas, contarle a mi único amigo la montaña rusa de esos días de agosto. “¿Por qué no me dijiste nada?”, me regañó. “No tienes que vivir todo tú sola”.
Fui hija única hasta los 11 años –le dije–. De alguna manera, eso explica la razón por la que piso con cuidado y vivo como si le debiera algo al mundo.
 


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