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Opinión / FEBRERO 12 DE 2023

Poe y la bandeja paisa

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Muerte, oscuridad, atmósferas tensas y macabras son algunas de las características de la literatura del gran Edgar Allan Poe. Hoy, no sé si en forma de homenaje o de insulto, intentaré imaginar un escenario improbable: cómo narraría Poe la experiencia de un hombre probando una bandeja paisa. Aquí va:

No espero ni solicito crédito para el muy extraño y, sin embargo, muy vulgar relato que me dispongo a transcribir. Loco estaría, verdaderamente, si lo esperase, tratándose de un asunto tan banal como lo es un almuerzo; no obstante, se me hiela la sangre cuando lo recuerdo. Me encontraba yo escribiendo para el periódico local, cuando, de repente, un misterioso olor se coló por mi ventana. Sentí que mis intestinos se revolcaron, ya que no comía bocado desde la noche anterior. Los aromas, que provenían del nuevo restaurante de mi barrio, una lúgubre posada llamada Roble Oscuro, hicieron que mis entrañas chirriaran. Saqué mi paraguas y me dirigí hacia allí como alma al purgatorio. Una mujer, vestida con un particular atuendo blanco con ribetes rojos, y con una espeluznante sonrisa dibujada en el rostro, me esperaba en la entrada. Conté mis chelines y me acerqué.

—Buenas tardes, señorita, ¿podría preguntarle de qué exótico potaje emana la peculiar fragancia que percibo?

—Es bandejita paisa, mi rey.

—Bandejita paisa, curioso nombre. Le ruego brindarme un plato.

—Claro, caballero, ¿enterita o media?

—Entera, por favor. Fallezco.

—Listo, príncipe, ya se la sacamos. Siéntese, bien pueda.

Mientras esperaba, los segundos se sentían como horas. Mi estómago gruñía, y mi mente, ya abatida y famélica, rogaba por la presencia del alimento. La mujer dejó una cesta que contenía una esfera de maíz y una bola de mantequilla. Pensé que aquello calmaría mi apetito, pero solo lo hizo más voraz. Unos minutos más tarde, por fin llegaron las viandas. Mis ojos no daban crédito: ¡la bandejita era un carnaval siniestro, una oda al asesinato! El doctor y el psiquiatra me habían prohibido engullir carne, cada uno por razones diferentes; el primero, por mis débiles arterias, y el segundo, por mi cabeza, ya que cierto suceso con un infernal felino azabache me había dejado profundas heridas que aún no sanaban. Sin embargo, sucumbí ante la tentación. Probé primero los fríjoles: mis papilas danzaron. Después, el arroz. Sentía cómo el demonio tomaba lentamente posesión de mi alma. La culpa me corroía. Mezclé desesperadamente el chorizo con los demás ingredientes: aguacate, plátano, huevo, como si intentara ocultar la escena de un crimen, pero, lejos de disminuirse, el sabor a cadáver se intensificó. Imaginé los tiernos puercos que fueron sacrificados para hacer mi chicharrón; antes estaban colmados de vida, y ahora se convertirían en excremento. ¡¡He trasformado vida en estiércol!!, grité con horror ante la mirada atónita del auditorio. De repente, sentí una intensa punzada en el pecho: un paro cardiaco que acabó con mi existencia. 

Lectores, hoy les narré esta historia desde mi propia tumba. Lo cierto es que no volverán a verme NUNCA MÁS.


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