Opinión / SEPTIEMBRE 16 DE 2021

Por los que parten

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Cerraba la nota anterior diciendo que para evitar decepciones con las personas que son los escritores lo recomendable sería conocerlos solo a través de sus páginas. Sostengo esta idea, pero también, ya que en las últimas semanas la muerte se ha ensañado con el mundo de las letras, pienso en tres autores que han partido, y que además de leer y admirar, tuve la oportunidad de conocer mínimamente en vida: Giovanny Gómez, Carlos Alberto Castrillón y Julio Paredes.

El ritual del duelo ante la pérdida de hombres de letras conocidos y admirados se ha repetido entonces más de lo deseable e imaginable en los últimos meses: recabar en la memoria un recuerdo y volver sobre algunas de sus páginas para releerlas en silencio o en voz alta. 

De Giovanny Gómez me queda el recuerdo de un último encuentro con algunos amigos en el Café de Carlos de Calarcá. Después de entregarnos, como era habitual, ejemplares del último número de su querida revista Luna de Locos, nos habló con entusiasmo de la reactivación del cine club Cine con Alma, y de las proyecciones para la Feria del Libro del Eje Cafetero, proyectos que lideraba en Pereira a través de la Cámara de Comercio. Además de su obra poética, el legado de Giovanny se percibe en todo el ámbito cultural de Pereira, y con su amabilidad y generosidad siempre tuvo presente vincular al Quindío, aunque la mediocre institucionalidad cultural pública aquí no le haya prestado atención. 

La última idea que nos compartió Giovanny fue la de realizar un homenaje a Carlos Alberto Castrillón, quien fuera su profesor en la maestría en literatura de la UTP, y a quien había tenido como poeta invitado al Festival Luna de Locos. Hablaba con mucho respeto y admiración Giovanny del profesor Castrillón, como todos quienes fueron sus estudiantes. No alcanzamos a concretar la idea del homenaje y solo algunos meses después de ese último encuentro ambos partieron. No conocí al profesor Castrillón como me hubiera gustado, pero del poco trato que tuve con él me quedó la admiración por su punzante ironía, la justeza de sus palabras y la afición por la música de Neil Young. 

 A Julio Paredes lo conocí en el 2010 durante el Encuentro Luis Vidales dedicado al género cuento. Había leído con entusiasmo sus tres colecciones hasta entonces y me admiraron sus intervenciones en las que demostró ser un gran conocedor de diferentes tradiciones y autores de este género, incluida la canadiense Alice Muro, a quien había traducido años antes de que le concedieran el Nobel. 

Tras su muerte hace unos días, además de releer algunos de sus relatos, recordé la última vez que lo vi en Bogotá: caminaba por las calles de La Candelaria con un paraguas en el brazo, seguramente hacia la Universidad de los Andes donde trabajaba. Lo vi alejarse y pensé entonces en la sobriedad de su prosa y en la melancolía de algunos de los personajes de sus cuentos. 

Los tres siguen con vida en sus letras. 


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