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Opinión / JUNIO 24 DE 2024

Por Ordóñez, no le hice fuerza a Bucaramanga

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Pocos días antes de la final de la Liga entre Bucaramanga y Santa Fe se suscitó la recurrente pregunta sobre a quién hacerle fuerza.
Priorizando la razón, con amigos decíamos que Bucaramanga se merecía ese título por su hinchada, grande, sufrida, maltratada, soñadora. 
Que allá en las gradas del Alfonso López -aún no me acostumbro a eso del Américo Montanini- también, como en las del Centenario, hay miles llorando su desgracia e impotencia, pidiéndole al creador no morir sin ver a su equipo campeón.
Ese argumento, tal vez el más loable, no logró convencerme. Léanme con atención, por favor.
Soy hincha del Quindío desde 1990. En 1997, cuando Quindío se jugaba con Bucaramanga el paso a la gran final contra América, equipo ganador del primer semestre, tuve que hacer maromas para ir al Centenario.
Mi mamá me había castigado por algo que no recuerdo y no podía salir a la calle. Aun así, me volé de la casa ese domingo desde temprano, fui a buscar a un amigo de mi hermana Angélica para que me dejara vender jugos con él para hacer lo de la boleta; tras tres horas de intenso trabajo, entré al Centenario. 
Me tocó sentarme a la izquierda de las cabinas de radio, unas gradas más arriba de donde estaba el humorista José Ordóñez, rodeado de unos 30 aficionados del Bucaramanga, todos con la camiseta de la barra Ordóñese de la risa, programa televisivo del comediante.
Cuando el ‘Fantasma’ Ballesteros anotó el empate que nos eliminaba, a tres minutos de concluir el compromiso, José Ordóñez empezó a saltar y a pelar sus inmundas muelas mirándonos, sacando la lengua y abriéndose los cachetes con los dedos de sus manos.
Segundos después, acabó el cotejo y Bucaramanga consiguió la clasificación, y el muelón de Ordóñez seguía ahí, burlándose de nosotros, mientras muchos llorábamos nuestra nueva, recurrente y eterna desgracia.
A mis 16 años no entendía cómo un hincha quindiano adulto no era capaz de pedirle respeto, estaba en nuestra casa. Unos policías, sabiendo que el maligno se estaba pasando de payaso, le pidieron que se retirara. Y sí, se fue mientras nos miraba a los ojos, sacando la lengua y pelando las muelas.
Claro que por los hinchas sufridos quise hacerle fuerza a Bucaramanga, pero me acordé del poco agraciado de Ordóñez. Quise hacerle fuerza, pero me acordé del gol del argentino Olaya, desde la mitad de la cancha, a Óscar Córdoba, en noviembre de 1990, que nos sacó del cuadrangular final. 
En fin, no le hizo falta al Bucaramanga el apoyo moral. Así somos los hinchas de equipos chicos, sin peso, todo muere con nuestras ganas.
Que los aficionados del Bucaramanga no tienen la culpa, que el club tampoco, que sólo es un deporte, que…todo lo que quieran, pero en el fútbol no todo se puede explicar desde la cordura y la razón. Si fuera así, tal vez, hubiera dejado de ser hincha del Milagroso hace años. Y eso nunca, primero muerto -Diosito, no sin ser campeón-.
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