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Opinión / MARZO 14 DE 2024

Pueblito viejo

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Las trampas que construye la nostalgia:

Hace muchos años llegó a trabajar a un colegio en Calarcá, un joven profesor manizaleño. Satisfecho con el traslado de los fríos riscos de la capital caldense a la agradable temperatura- ambiente del  municipio del cacique, el extrovertido maestro  poco a poco fue conquistando a su gente con un temperamento descomplicado y fiestero. Era fácil verlo, después de sus labores, en “Bahía” o en el “Paraíso” o en los griles de marras,  en barras de amigos y amigas disfrutando de la vida nocturna de ese entonces y los fines de semana, provisto de acordeón y una buena voz, tomando aguardiente y llevando serenatas con los compañeros de farra.

Después de algunos años inolvidables de tiza y acordeón fue trasladado a Pereira, todavía desde allí añoraba y seguía visitando Calarcá de manera  intermitente, hasta que, tiempo después, lo enviaron a Bogotá, donde vivió, y salvo  saludos de algunos amigos que le alcanzaban a llegar diluidos por los años, se desconectó de la tierra quindiana.

Nunca se olvidó de sus años de gloria en Calarcá, de la barra de amigos, de las novias, del ambiente de las tertulias de la parranda, de los boleros, la bohemia y la poesía, en medio de la luna  que miraba silenciosa en los veranos de Julio desde lo alto de la cordillera. Siempre quiso regresar en busca, tal vez, de recuperar las grandezas perdidas y se prometió volver a la Villa del Cacique una vez se pensionara, para fijar su residencia allí y pasar los años de viejo dentro de esa atmósfera de antes. Así contó pacientemente los  meses y los años.

 Viudo ya, arregló sus bártulos y un buen día aterrizó en la tierra de las peñas blancas y de Baudilio dispuesto a vivir más despacio y hasta el final en esta tierra. Buscó los amigos para conversar, el nuevo nombre de vivir de los años viejos. En las primeras incursiones por calles y equinas fue descubriendo que, pasados tantos años, muchos de los amigos y contertulios de la época estaban muertos o se habían ido, como él, otros estaban demasiado viejos y sin deseos o capacidad de compartir, solo unos pocos, escépticos y sin horizonte, se morían de tedio en el marco de la plaza principal donde habían construido de manera artesanal su mundo. 

Calarcá la incesante, entre avisos luminosos de la fiesta le pareció que no existía, las casas borrosas las equinas y los andenes eran  ecos de los pasos de los muertos. Las mujeres supérstites tenían  caras y afanes de madres o de abuelas. El Calarcá con que se topó había envejecido y el mito del pasado era solo una ficción ilusoria. Sus periplos municipales se fueron convirtiendo en peregrinaciones a otro Calarcá, deambulando por sitios extraños, buscando quien le hiciera la caridad de escucharle sus historias. Por eso lo conocí. 

Desconsolado, al poco tiempo, recogió sus bártulos y volvió nuevamente a Bogotá, se recluyó  en un apartamento y se dedicó a esperar la muerte, que finalmente lo visitó el pasado sábado en horas de la mañana.  
 


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