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Opinión / FEBRERO 26 DE 2023

¿Qué le provoca, don marciano?

Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal, no compromete la línea editorial ni periodística de LA CRÓNICA S. A. S.

Esta es la historia de una abducción alienígena. Se recomienda discreción.

Era la una de la mañana. Todo estaba en silencio. La casa en donde vivía Daniel, una rústica cabaña de madera iluminada por la luna, empezó a crujir, despertando a toda la familia. El peculiar sonido, similar al de una turbina de avión acercándose, les hizo zumbar los oídos. Su mamá y sus dos hermanas se levantaron de un salto y corrieron hacia la ventana. Sus ojos no creían lo que veían: en su jardín había una nave espacial de la que emanaba una luz amarilla que ya llevaba a su única vaca suspendida en el aire. Su madre y sus hermanas gritaron horrorizadas. Daniel, más indignado que asustado, les reclamó: ¡Oigaan, bajen a Magolitaa! 

Segundos después, la luz se apagó, dejando caer a la vaca al suelo con violencia. Segundos después, la nave aterrizó sobre el pasto y se abrió una compuerta. Del interior de la nave emergieron dos esbeltas figuras de aproximadamente un metro de altura, piel color verde pantano, ojos grandes y negros, y una desproporcionada cabeza ovalada. Una película de Stiven Spielberg se vivía en el jardín, pero la mamá de Daniel tenía otra preocupación. Ella ostentaba, y así era reconocida por sus familiares y amigos, el título de la mejor anfitriona «del mundo», y estaba pensando en ofrecerles algo de comer a los visitantes. Daniel, por su parte, seguía intentando comunicarse con ellos.

—Yo, amigo, ¿tú amigo o tú malo?

Su mamá lo codeó con disimulo y torciendo la boca hacia él, le susurró:

—Oiga, Dani, ¿ku com mará uma chano?

—¿Qué? —contestó Daniel.

—¿Que qué cum arám loma chans?

—No le entiendo, mamá, ¡hable bien!

—¡¡¡Que si sabe qué come un hijueputa marciano, Daniel!!! ¡Por Dios! ¡Atisbe! –gritó.

—Ah, no, mamá, ¡yo qué voy a saber! Le juro que es primera vez que veo a un man de estos.

El alien giró la cabeza rápidamente al escuchar el grito; la señora le sonrió coquetamente.

—Oiga, mijita, contrólese, ¿ya acabó con todos los manes del mundo y va a seguir con la Vía Láctea o qué? —dijo Daniel.

—Vea, igualado, respéteme, hágame el favor, que yo soy su mamá. Mejor pregúnteles a los señores si les provoca una empanadita.

Después de numerosos intentos fallidos para comunicarse, la mamá guio, con señas, a los extranjeros hacia la cocina. Era un pequeño paso para la cocinera, pero un gran paso para la humanidad. La receta de la mamá de Daniel es legendaria: una mezcla de pecho de res con hogao, chorizo santarrosano y chicharrón, todo envuelto en una medialuna de masa de arepa sazonada con achiote, paprika, comino y sal; papa y arroz free. Pronto, la cocina se llenó de un delicioso aroma a empanadas. Los extraterrestres, intrigados, observaron todo el proceso. 

Me habría encantado poder decirles que esta historia terminó bien, pero no. Probaron, se comieron varias, se indigestaron, se enojaron, los mataron a todos y se llevaron a Magolita. Fin.


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