Opinión / ABRIL 15 DE 2021

Quebradas

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Tarde soleada de sábado, olor a pasto recién cortado y a guayabas acumuladas en el solar de la casa familiar. Gallina y gallo escarban aquí y allá procurándole bocados a sus cuatro polluelos. Los ya habituales guatines merodean a la espera del redrojo de yuca que mamá les dispone. Simona, la gata gris, está pendiente de una ardilla que también la observa desde un chachafruto. Atrevida, intenta atraparla cuando baja por el tronco, pero la saltarina evita el zarpazo y se resguarda en el bambusal a la orilla de la quebrada.

La escena resume los privilegios de la vida rural. Al encanto de los animales domésticos se suma el poder avistar decenas de pájaros —barranqueros, toches, frailes, azulejos, mirlas, tángaras, canarios, turpiales, loros, etc−, y ser testigo de la visita ocasional de pequeñas serpientes cazadoras, chuchas, gurres, y los morrocoyes que de vez en cuando se dejan ver en la orilla de la quebrada.

El nacimiento de agua en el bambusal, la quebrada en la que desemboca y el olor de las guayabas desencadenan recuerdos de infancia y adolescencia temprana, y agradezco que se encuentren tan cerca de casa. Pienso en las tardes de excursiones después de la escuela, cuando era posible caminar sin mayor problema por los caminos veredales del corregimiento de Barcelona. Me viene a la mente un paraje con quebrada, árbol de guayabas en la orilla y una franja de potrero del otro lado donde pastaban algunas vacas. En época de cosecha las guayabas se acumulaban en los agujeros que formaban las vacas con sus pezuñas en el lodazal. También caían a la quebrada, y eran la carnada perfecta para las sabaletas que intentábamos pescar con estopas, bolsas plásticas e incluso con las camisetas. Sería más adelante el mismo paraje de los primeros besos, cigarrillos y cervezas. Crecíamos en un mundo rural y faltaban varios años para el surgimiento del imperio de las pantallas.

Una quebrada a la que volver. Todos deberíamos tenerla. En tiempos de desasosiego, odios y miedo conviene poder contemplar y escuchar un afluente que nos recuerde la serenidad del agua que fluye y la persistencia de la vida. Una quebrada que, como nuestra propia vida, puede contaminarse y estancarse, y sin embargo seguirá su curso para desembocar en mejores aguas.

Nacimiento, quebrada, río, mar. Aguas que van y vienen. Fluir, navegar, sumergirse. Nadar a contracorriente. Esperar que pase el aguacero y vernos reflejados en los charcos que se forman en la calle. Echar un barco de papel al inodoro. Vaciarlo. Que naufrague en el remolino. Intentar salvarlo en el último momento. Bañarnos a totumadas en el tanque del patio, aprovechar para lavar los calzoncillos. Bañar al perro y creer que el gato puede disfrutar del agua de la misma manera. Atrapar renacuajos en un envase de gaseosa. Esperar que se conviertan en ranas. Echarlas a nadar al tanque y desesperar porque se quedan en el fondo. Hundir la cabeza en el tanque y escuchar el mundo desde el agua, desde la infancia recobrada.


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