Opinión / JULIO 29 DE 2021

Revivamos nuestra historia

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Diario de un recluta, obra del escritor boyacense Mario Perico, es una autobiografía de ficción que narra, con gran imaginación y lenguaje desenfadado, la historia de uno de tantos soldados libertadores de quienes se desconocen sus nombres, sacrificios y penurias. Publicado en 1969, en el sesquicentenario de la independencia, el texto recrea las andanzas de Anatolio Tibaduiza, joven arriero a quien la chispa del patriotismo le hizo cambiar la lidia de las bestias de carga por un fusil y una lanza.

Con respecto de sus raíces, dice el singular protagonista: “[…] Si se las escarba, son hondas y profundas, pero carecen del brillo de la riqueza o de la nombradía. Se hunden eso sí, y también se confunden con los trabajadores de las minas, del surco, de la selva, con aquellos nativos desnudos que se quedaron asombrados al contemplar los yelmos y las sotanas de los conquistadores y los evangelizadores”. 

Ahora, llama la atención el anuncio que hace el héroe imaginario al inicio de la obra: 

[…] Mis palabras seguramente van a pasar inadvertidas. Con ellas, relataré la pequeña historia de las emociones, amarguras y alegrías del pueblo que acompañó a su Libertador haciendo grandes sacrificios. Pondré a hablar a los de quimbas y alpargatas. Por boca de los mismos, el país del futuro se podrá dar cuenta, de que las vicisitudes no son patrimonio de los de arriba, sino que forman la masa de los seres paridos por una mujer, en una choza o en un Palacio.

Tibaduiza emprendió una aventura que lo llevó a conocer en Pore, provincia de Casanare, al célebre Ramón Nonato Pérez, héroe de mil batallas, quien le propuso incorporarse al ejército libertador. En sus peripecias ficticias, narra los encuentros con Simón Bolívar, el niño soldado Pedro Pascasio Martínez, etc.; además, sobre la campaña libertadora, recuerda el curioso gesto del párroco de Socha, Tomás José Romero, de convocar a sus feligreses, encerrarlos en el templo durante la misa del 4 de julio y despojarlos de sus ropas para entregarlas ejército patriota, gesto que “tiene los bordes de la comicidad, los filos de la grandeza”.

Asimismo, de forma magistral, relata el duro trasegar de las tropas por los Andes “[…] El viento soplaba infatigable, hora tras hora, azotando con su lengua rasposa lo mismo al sargento que al general, a la mula vieja o al potranco joven, a la cocinera carnosa o a la Juana quinceañera y vivaz”.

Anatolio fue uno de tantos héroes ignorados de quienes no quedó registro alguno. Poco o nada se dice de aquellos hombres que vinieron fraternal y heroicamente de Venezuela, los granadinos que, con ellos y como ellos, pelearon y vencieron, los ingleses, irlandeses, llaneros, negros, indios y zambos, que dieron su vida y sus fuerzas sin ahorrar sacrificios ni padecimientos. Como suele suceder, esos y tantos otros han sido los héroes ignorados, aquellos cuya existencia oscura no fue inmortalizada por el bronce... ni por las páginas de la historia.


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