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Opinión / FEBRERO 14 DE 2024

Sabiduría versus erudición

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Al extenso acopio mental de información sobre uno o varios de los innumerables campos del conocimiento académico, científico, artístico, se le denominaba, “erudición”; y la persona que lo atesoraba en su cerebro, lo cultivaba, y de continuo lo enriquecía, se consideraba, “erudita”, título informal de elevado rango. Sabiduría, “Sabio”, en cambio, eran posesión y condición más que resaltables, atribuidas a quien, además de prolijos conocimientos en varios campos del saber, con énfasis en filosofía, demostraba amplitud holística, capacidad crítica, coherencia conceptual, criterio en la selección de fuentes de información y en la expresión de opiniones, seriedad y equilibrio en su interacción personal, divulgando saberes con apego a principios éticos; en fin, ejerciendo un magisterio sereno, espontáneo, que merecía respeto y reconocimiento general. Lo anterior, circunscritos a la órbita de origen o influencia latina, legataria histórica, a su vez, de la cultura griega clásica. En otras latitudes, por ejemplo, en países de vigencia o influencia británica, alemana, y otras, los parámetros diferían. Allí, la mayor estima social se otorgaba, desde la revolución industrial, segunda mitad del siglo XIX, asomada la contemporaneidad, a aquellas mentes esencialmente prácticas, pragmáticas, dotadas de talentos muy por encima del promedio, capaces de lograr, primero en solitario, luego en equipo, avances científicos, descubrimientos, a partir de la investigación teórica-empírica, para aplicarlos en beneficio o perjuicio -caso armas atómicas- de los humanos. La cascada de inventos, desarrollos, patentes, con galardones y ganancias para sus realizadores, adquirió un vertiginoso y creciente caudal, dotando al mundo de todo el conjunto de objetos o avances tecnológicos que hoy hacen parte de nuestra cotidianidad, y cuyo indiscriminado abuso amenaza la supervivencia misma de la especie. 

Aludo deliberadamente al pretérito, puesto que, avanzado el siglo XXI, erudición o sabiduría parecen expresiones arcaicas, categorías en desuso; igual el término, inventor, cuando bordeamos ya el dominio expansivo de la inteligencia artificial, especie de salto cuántico de imprevisibles alcances científicos y tecnológicos, que abre ominosos o promisorios -depende cómo se mire- interrogantes para la humanidad.

La erudición, a estas alturas, dejó de ser brillante dote intelectual de contadas lumbreras, de mentes superdotadas; cualquier PC, portátil o teléfono celular conectado a la red, puede proveer más información al instante de cuanta acumule cualquier grupo de eruditos. ¿Qué puede considerarse aún como haber exclusivo de la mente homo? Quizás, y no es despreciable remanente, el empleo de la razón, el ejercicio de la sabiduría en su más elevada acepción. El solo acumulado de datos, de información cifrada en terabytes, poco o nada sirve en términos prácticos, sin la guía y dirección de ingenios orientadores hacia el bien o hacia el mal. Las ciencias sociales, la filosofía, cobran una importancia inusitada en este trance orbital. Para dar adecuadas respuestas, no obstante, las mismas tendrán que sacudirse, librar sus lomos del peso muerto del estatismo, de prácticas y doctrinas colectivistas, empobrecedoras en lo material y en lo ideológico, para recobrar autonomías y libertades, en la actualidad vilipendiadas. Marxismo, socialismo, comunismo, y sus rebuscadas variantes, con su carga de fracasos históricos, son pesados lastres de los cuales tendremos que librarnos si de veras aspiramos al bienestar común, al avance social no retórico sino práctico, medible, comprobable. El mundo, la humanidad, requieren más sabiduría que erudición en sus conductores. Menos activismo politiquero que liderazgos pragmáticos, realmente orientados al mejor estar del  género  humano.


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