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Opinión / FEBRERO 25 DE 2024

Segundas oportunidades

Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal, no compromete la línea editorial ni periodística de LA CRÓNICA S. A. S.

En el centro de reclusión de mujeres de Armenia no hay hacinamiento, los funcionarios de este establecimiento carcelario no están en el ojo del huracán por corrupción, este penal no genera titulares de prensa por extorsiones, amotinamientos, fugas y similares. Villa Cristina es la excepción a la regla, es la otra cara de esa moneda llamada Inpec que tanta desconfianza genera. La cárcel de mujeres de la capital quindiana tiene certificación internacional y con poco han hecho mucho.

Tras ese portón azul de la calle 50 de Armenia hay toda suerte de historias. Bien dice la canción que las puertas de la iglesia, del cementerio, del hospital y de la cárcel están abiertas para todos. Hace falta un descuido, una mala decisión para perder lo más sagrado: la libertad. Una vez condenadas, las mujeres que terminan contando o descontando los días en Villa Cristina, no son juzgadas ni señaladas, para ellas hay varias oportunidades de empezar de nuevo, esa es la filosofía de esta cárcel.

Cada año, un grupo de no menos de diez privadas de la libertad se gradúan como bachilleres; hay convenio con el Sena para que las internas que así lo prefieran aprendan un arte u oficio; actualmente dos reclusas adelantan estudios en la modalidad virtual, desde el penal, con la Universidad del Quindío, y otras dos, con detención domiciliaria, hacen lo propio con el alma mater quindiana. Por iniciativa de dos dinámicos profesionales de la ciudad, Villa Cristina se convirtió en la primera cárcel del mundo en tener un call center legal, atendido por las internas.

En materia cultural son varios los logros. Editaron un libro con textos escritos por las privadas de la libertad. El grupo de teatro del penal ganó un concurso regional y por derecho tiquete en avión para saltar a escena en el marco del Festival Internacional de Teatro de Bogotá. Las directivas de Villa Cristina lograron que la empresa privada se vinculara a ese esfuerzo institucional de hacer posible una segunda oportunidad para las detenidas y un puñado de pospenadas accedieron a la legalidad del mundo laboral y poco a poco han ido reconstruyendo esa vida que en un abrir y cerrar de ojos se les desmoronó.

Lamentablemente, para la mayoría de quienes terminan de pagar una condena en Villa Cristina, reincidir es la constante o la única opción. Afuera, ya con antecedentes judiciales, las mujeres que pasaron por Villa Cristina, quedan con una marca de por vida. La boleta de libertad opera como un boleto de lotería cuyo premio mayor es un trabajo decentemente remunerado. Para muchas de estas mujeres, la alternativa es la explotación laboral o volver al crimen. Es mucho y muy meritorio lo que hacen en Villa Cristina, pero es muy poco lo que hace el Estado para lograr una auténtica resocialización y mucho lo que nos falta como sociedad para tolerar y propiciar segundas oportunidades.


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