Opinión / JUNIO 03 DE 2021

Sideways

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Iluminados por tragos de whisky, Juan G y yo hablamos de fútbol, de las historias del clan Caicedo, de zombis, de las cuitas del amor. Él —dueño de una celebridad pequeña en la órbita virtual por las ocurrencias del Solterón pandémico— hace gala de enciclopedismo en temas raros, frikis: la filosofía deportiva de Marcelo Bielsa, la teoría de las emociones de Baruch Spinoza, la narrativa de René Rebetez, los diálogos de Silvestre Stallone en el filme Rambo. En ocasiones, impulsado por un gusto equivalente al sentido por el Deportivo Cali, perora sobre la carga política del cine de George A. Romero. Detrás de las apariencias —gente presa del terror, muertos trasformados en máquinas letales— palpita una crítica profunda al racismo, a la compulsión consumista de la sociedad gringa. Luego de numerosas pláticas, aunque no lo intentara de manera abierta, me convenció: decidí internarme en los universos distópicos del zombi, del fin del mundo. 

En la casa de Nathalia las copas se llenan de vino. Fuimos vecinos durante un par de meses. La puerta de su vivienda se abría a la de la mía. El reencuentro se dio después de su ruptura sentimental y de la adopción del Negro, un felino con oficio de sombra. Ella escribe columnas muy personales, además graba con tinta en su piel flores, plantas. Nuestras tertulias pasan de las minucias del trabajo docente a los sueños de los que poco a poco fuimos despojados. En un año cada uno ha trazado del otro una silueta precisa, bien delineada. Ella fue testigo de mis incendios, del caos de la existencia en el desierto. Por mi parte, he presenciado las mudanzas de apartamento —tres en once meses—, de hábitos, de relaciones afectivas. Caminamos con nuestras mascotas. Lupe y Haru —gotas de noche/ternura— halan los collares, juegan a embestirse. A Nathalia la llamo Huracán.  

Chifo es devoto del aguardiente. Ante las damas dice preferir el vino, el whisky. Sin embargo, la hoguera del niquelado le ofrece el calor preciso para paliar los altibajos de la vida. Charlamos de casi todo, salvo de política. El asunto nos conduce a trincheras opuestas. Él pertenece a una camada cuya formación ideológica inició con los poemas de Benedetti e incluyó los textos de Galeano. Por mi parte, soy incapaz de admirar al tirano, sea de derecha o de izquierda. Chifo redacta artículos valientes contra los pesos pesados del Quindío. Un par de columnas le granjearon enemistades poderosas. En la cima de la embriaguez lamenta la pérdida de Julia, una novia de la juventud a la que mancilló con el engaño. Ha publicado dos novelas breves, un libro de cuentos. En sus ficciones, los personajes mejor concebidos son los ausentes, aquellos que sin estar le dan sentido a la trama. 

No siempre necesito compañía para libar: la botella basta. La última vez fue hace tres semanas. Mientras paladeaba un whisky malo una marcha pasó cerca de casa. Al oír los cantos, tuve una certeza: en las calles la gente grita, pega carteles, aplaude, desaparece. Miro con extrañeza a quien cree. También a quien anida alguna esperanza. Prefiero un sorbo de buda: a su paso la carne se torna brasa, seda. 


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