Opinión / OCTUBRE 31 DE 2012

Sobre la educación

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Desde hace algún tiempo los medios de comunicación, los políticos en campaña y los sindicalistas repiten una tesis con la cual todo el mundo parece contemporizar: si Colombia quiere un cambio sustancial debe apostarle con especial énfasis a la educación. Ella es para muchos el ábrete sésamo de la paz, y no les falta razón.

Sin embargo, y dejando de lado por un momento la veracidad de la idea, el asunto se complica cuando alguien, quizá el niño que antaño señaló la desnudez del monarca, pregunta: ¿cuál educación? ¿Todo consiste en ampliar la cobertura o será necesario transformar el modelo formativo? Si los jóvenes acopian mayor cantidad de datos, si saben en qué año nació Bolívar y cuántos presidentes ha tenido Argentina, si son capaces de explicar qué diablos es una sinalefa o quién era Atanasio Girardot y resuelven con facilidad los problemas de Baldor, si esto se cumple, ¿acaso por ello serán ciudadanos participativos y deliberantes?

Porque, en últimas, el nivel de la calidad educativa de un país se mide en relación con la vida ciudadana y no con la información recibida en las aulas. Uno, la verdad, puede vivir bien sin saber cuántas estrellas distinguen a un general de un coronel o ignorando las diferencias entre Diógenes Laercio y Diógenes de Sinope. Por el contrario, no puede hacerlo cuando los políticos destinan el dinero de la cultura al espectáculo o cuando la única formación recibida por cientos de chiquillos es la del hambre y la violencia. Con lo anterior no elevo una apología de la ignorancia mas si una diatriba a la erudición vacía.

En consecuencia con el modelo actual de educación, el sistema busca profesores con credenciales de conocimiento —maestrías y especializaciones—, así este sea un simulacro. Un docente socrático, sin publicaciones científicas y pergaminos universitarios, con dificultad sería aceptado en el magisterio. El profesor, desde luego, no es el único responsable de cuánto y qué aprenden los alumnos. No obstante, recientes investigaciones han demostrado la relevancia de sus métodos.

En otras palabras, si sus hijos están en un salón con un PhD con deficiencias comunicativas, tienen menor probabilidad de educarse en comparación con los chicos que reciben clases de un maestro con un pregrado a secas pero con destreza pedagógica.  Y para nadie es un secreto que hasta el sol de hoy no se ha descubierto un procedimiento más eficaz que el empleado por Sócrates hace ya dos milenios.

La táctica es sencilla: todo apunta a desarrollar la capacidad de pensar por sí mismo, haciendo caso omiso de las presiones comunitarias y culturales. Lo molesto de este camino para los profesores es la reducción de su papel de iluminado a simple contertulio. Y, como canta Pink Floyd, la interacción de ellos con los estudiantes es una réplica del control social: yo mando, tú obedeces. En síntesis, un buen paso para dejar atrás la violencia es encontrar maestros más sabios y menos wikipédicos. 


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