Opinión / OCTUBRE 17 DE 2012

Sobre los 15 años de comunicación social de la UQ

Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal, no compromete la línea editorial ni periodística de LA CRÓNICA S. A. S.

En realidad no son muchos. Aunque, si se mira con cuidado, no son pocos. Me explico: en tres lustros el programa de comunicación social de la Uniquindío no ha modificado las prácticas del periodismo local. Ni para bien ni para mal.

No lo ha hecho, entre otros motivos, por el divorcio de la formación en las aulas y la realidad regional y departamental. El egresado de comunicación social —desde luego toda generalización es cuando menos injusta más para el caso necesaria— sale del útero universitario equipado a medias para el hacer: conoce los mecanismos de edición televisiva y radial, sabe tomar fotografías y seguramente es capaz de sacar avante una entrevista.

Sin embargo, a la hora de enfrentar un ambiente en el cual las administraciones controlan a la prensa con la repartición de la pauta publicitaria oficial, se encoge de hombros, mira para otro lado y sanseacabó. Usted podrá ripostar: eso no es responsabilidad de la universidad, cada quien rinde las armas o da la pelea cuando quiere. Tiene, al menos en parte, la razón. Otro gallo cantaría si sobre los periodistas no descansara el compromiso de crear la agenda pública, es decir, eso que los ciudadanos comentan mientras van en el autobús o hablan con los vecinos.

No todos los graduados contemporizan con el status quo, por supuesto. No obstante, las excepciones que conozco encuentran desmedidos los festejos aniversarios, siendo el saldo del programa pobre en resultados positivos. Porque si bien no ha alterado las maneras del periodismo quindiano tampoco ha mejorado sustancialmente la calidad de los contenidos mediáticos.

En el mundo contemporáneo importan las credenciales del conocimiento incluso así este sea un simulacro. Al año el programa de comunicación social gradúa a un promedio de cincuenta profesionales. En otras palabras, en diez años, el tiempo de la primera hornada uniquindiana, han recibido diploma quinientos periodistas. A la anterior cifra súmese el número de graduados del resto de universidades del país.

No hacen falta tres dedos de frente para darse cuenta que, de continuar la tendencia, en breve la oferta superará la demanda. Hay explicaciones de la superabundancia. La primera: de las profesiones fáciles, comunicación social se lleva las palmas. Por ser de poca exigencia académica es la opción natural de alumnos interesados en todo menos en el aprendizaje. Una aclaración: lo dicho no aplica a la totalidad de los matriculados pero sí a la mayoría, reconozcámoslo.

La consecuencia de ello es, al menos en la Uniquindio, la consolidación de una planta docente de cuestionables pedagogía y experiencia. Hace unos cuantos meses, una carta de Camilo Jiménez, exeditor del Malpensante, señalando la incompetencia de los estudiantes para escribir bien un párrafo, provocó un escándalo en las facultades de humanidades. La verdad, a un diagnóstico semejante se llega con los profesores, y no solo en la escritura.

Recuerdo con claridad uno que en clase de sociología, en lugar de incluir en el plan de lecturas a Marx, Comte o Weber, recomendaba libros de auto-ayuda. No es chiste ni exageración. Para matizar la culpa es justo señalar que en la oficina de comunicación social se ve la foto del profesor aludido, rodeado de sus compañeros, en el cuadro de los graduados en la primera o segunda promoción de comunicadores uniquindianos. Sobra recordar el refrán de las peras y el olmo. 

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