Opinión / NOVIEMBRE 21 DE 2012

Sobre los goles olímpicos

Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal, no compromete la línea editorial ni periodística de LA CRÓNICA S. A. S.

  De entrada lo confieso: soy un hincha con reparos del Deportes Quindío. No asisto al estadio Centenario ni cuando los resultados refrendan el buen funcionamiento del equipo. A duras penas conozco los nombres de tres o cuatro futbolistas.

No puedo recitar la nómina completa del onceno ni los movimientos estratégicos del Pecoso en la cancha. En la infancia, como la mayoría de mi generación, soñé ser jugador de fútbol, besar la camiseta luego de una soberbia anotación de tiro libre, oír mi nombre coreado en las gradas y levantar la entonces Copa Mustang, hoy Postobón. Recuerdo la fecha en la cual la pompa estalló: 14 de diciembre de 1997.

Ese día un cabezazo del Fantasma Ballesteros envió la pelota al fondo de la red defendida por Darío Aguirre, cortándole al milagroso la posibilidad de disputar la final del campeonato. De ahí en adelante mi pasión decreció hasta el punto actual: los lunes, después de un partido, pregunto el resultado con una frase a medio camino de la mordacidad y el humor: ¿cuántos le metieron al Quindío? Quizá por lo anterior no reúno los requisitos para opinar sobre la eliminación a manos del Medellín. Sin embargo, no deja de parecerme curioso el hecho que un resultado deportivo sea materia de discusión pública.

El fallecido cronista Carlos Monsiváis sostuvo la tesis que del nacionalismo sólo sobrevive la variante pop. Los ciudadanos son conscientes de pertenecer a una tradición justo cuando una gesta deportiva se lo recuerda.

Es decir, la medalla de oro ganada por Mariana Pajón en los Olímpicos o los goles de Radamel Falcao en la Liga española contribuyen más a la consolidación de sentimientos patrios que, por ejemplo, los eventos conmemorativos del bicentenario. Del patrimonio musical sobreviven los fragmentos relacionados por el uso con el deporte.

¿Quién al escuchar el estribillo: a mi tráiganme un aguardiente, un aguardiente de caña, de la caña de mis valles y el anís de mis montañas, no evoca una victoria de la selección nacional? Otra ilustración del fenómeno: los extranjeros, gracias a una ambiciosa campaña de la Federación de Cafeteros, identifican al colombiano con Juan Valdez, la versión light de un labriego andino, negando por omisión a los corteros de caña, los paperos boyacenses, los llaneros y demás manifestaciones del rostro múltiple de la colombianidad. Lo hasta aquí dicho parece una elaboración teórica sin efectos en la vida comunitaria, de esas a las cuales son tan aficionados los académicos. Y sí, a simple vista lo parece. No obstante el asunto adquiere ribetes políticos al saber que lo aludido se produce por el descrédito de las instituciones democráticas.

El trapo rojo ondeado en las plazas ya no es el del partido liberal sino el del América de Cali y el azul no es del partido conservador sino el del Millonarios. En consecuencia y retomando el caso del principio, la cantidad de voces de reproche por la derrota del Deportes Quindío supera en número y vehemencia a las levantadas por las corruptelas de los gobernantes. Al quindiano le duelen los tres goles del Medellín, no los manejos oscuros de los recursos oficiales. A lo mejor, y sin darnos cuenta, trasladar la atención a hechos a la postre baladíes sea el gol olímpico de las maquinarias del poder.

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