Opinión / DICIEMBRE 05 DE 2012

Sobre Rodrigo Arenas Betancourt

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Dos motivos nutrieron la creación plástica de Rodrigo Arenas Betancourt (1919-1995 ): la muerte y el sexo. Y esos elementos los obtuvo gracias a su exploración en la manera de la cultura mexicana relacionarse con ellos. No cabe duda que en el caso del escultor nacido en Fredonia, Antioquia,  la tierra de los aztecas ejerció el magnetismo antes aplicado a Ambrose Bierce y a Barba Jacob.

Lo anterior se percibe en Crónicas de la errancia, del amor y de la muerte (sf) y Memorias de Lázaro (1994), libros en los cuales Arenas Betancourt les cuenta a los amigos trocados en fantasmas las peripecias de su búsqueda de la cambiante hembra que un momento brinda la humedad de la vagina y en el otro la del sepulcro. De la galería de amadas por días, semanas o años, sobresale la imagen de la pintora Celia Calderón, muerta por mano propia.

En múltiples pasajes es la confidente de los pensamientos del artista. A ella le narra sus hallazgos estéticos y las cosas del día a día. Si bien en el primer libro el desarrollo narrativo apunta a la historicidad de Celia Calderón, con el paso de las páginas la figura absorbe al resto de mujeres hasta hacerla equiparable a Coatlicue, en la doble y complementaria condición de origen y fin de todo.

En otras palabras, Arenas Betancourt le da nombre a la parca y habla con ella como si de una ex amante se tratase. De ahí lo dicho al principio: la muerte y el sexo son los motores de su trabajo creativo pues para el antioqueño no hay diferencia entre ambos.

A pesar de la distancia cronológica y de la adversa circunstancia de redacción del segundo —lo escribió mientras era víctima de un secuestro extorsivo— Arenas Betancourt les imprime a los libros idéntico acento de ensayo a medio camino del desahogo biográfico y la erudición. Los hechos son presentados sin orden temporal y obedecen a un propósito purgante. La habilidad metafórica del escritor alcanza cierto barroquismo sin caer en la arandela fútil y las palabras de sobra. 

Perteneciente a una hornada de intelectuales agrupada en Generación, el suplemento de El Colombiano, la vida de Arenas Betancourt estuvo marcada por la endeble economía familiar –escribió un cuentario titulado Hambre, inédito hasta la fecha, basado en las experiencias de la infancia–y por la fugaz estancia en el seminario de Misiones de Yarumal. En Bogotá no recibió el diploma de maestro en la Escuela de Bellas Artes porque Luis Vidales lo calificó con 2.9 en clase de Historia.

Sin embargo, la celebridad la alcanzó en México después de desempeñar diversos oficios: asistente del escultor Rómulo Rozo, tallador de miniaturas indígenas para turistas, redactor del Diario del Sureste, ilustrador de revistas y asistente del fotógrafo Leo Matiz. Compartió una pequeña habitación con el novelista Manuel Zapata Olivella y durante un breve período fue cobijado por la generosidad de Jorge Zalamea.

En una exposición colectiva vendió dos esculturas y en adelante el circuito artístico, a la sazón presidido por un triunvirato conformado por Diego Rivera, David Alfaro Siqueiros y José Clemente Orozco, lo acogió como otro mexicano. Quedan por fuera muchos acontecimientos referidos en los libros en comento. Concluyo aludiendo que el pesimismo de Arenas Betancourt se origina por un sistema de valores capaz de convertir al hombre, según sus palabras, en la peor bestia carnicera y en una máquina  productora de divisas y lágrimas.

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