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Opinión / AGOSTO 24 DE 2022

Sobre un encuentro histórico

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Tanto para José de San Martín, libertador de Chile, de las provincias del Río de La Plata (Argentina, Uruguay, Paraguay), recién nombrado Protector del Perú -tras una declaración de independencia que sin soporte fáctico aceptó proclamar un año antes en Lima-, como para Bolívar, jefe del triunfante ejército norteño, quien lo había precedido en su arribo, anexando de hecho la ciudad anfitriona, a territorio colombiano, el encuentro de Guayaquil -en julio pasado se conmemoró su bicentenario-, pese a que luego ambos protagonistas le restaron importancia, calificándolo de “privado”, arrojó, entre otros resultados, la entrega a favor de las huestes bolivarianas, de la aún pendiente campaña militar en los antiguos territorios incas y en el Alto Perú (hoy Bolivia), que sellaría de manera definitiva la independencia suramericana.

La morosidad de los gritos emancipadores en el centro surcontinental, con relación a los ya emitidos en La Gran Colombia y en el austro, en buena medida se explica por el cómodo, leal e irreductible vasallaje de su población criolla y mestiza a la corona española y a la autoridad papal. Desde el sur de la actual Colombia, hasta Chile, coincidiendo con el área de dominio inca, tres siglos atrás, la noticia libertaria, su soporte ideológico, y los efectos bélicos, también quizás por la difícil comunicación e interacción, tardó en arribar.

Para aquel julio de 1822, la fuerza armada realista superaba en mucho a los dispersos, mal apertrechados y peor entrenados destacamentos en rebeldía, varios de estos sublevados de aquella, dentro de la extensa franja geográfica descrita. Ambos gigantes de la gesta libertadora coincidían en la urgente necesidad de desterrar, a toda costa, hasta los últimos reductos de la milicia real, para eliminar cualquier posibilidad de reacción desde la Península.

Discreparon sí en la visión política posterior al inevitable triunfo. San Martín apostaba por el establecimiento de una monarquía satélite de las europeas, tenido en cuenta el afecto al sistema monárquico de sus habitantes y una supuesta ineptitud para la democracia. Propuso, y se dieron pasos adelante en tal sentido, realizar una oferta a estas, para que asumieran la tarea de gobierno de los dominios arrebatados a la Corona Española. Bolívar, en cambio, prefería la opción republicana, no obstante los riesgos y previsibles obstáculos a sortear.

Vendría entonces la decidida intervención de El Libertador y de los ejércitos que comandaba, en la campaña por la libertad del Perú y de la carnal Bolivia. En las batallas de Junín y Ayacucho, Bolívar, y su segundo al mando, Francisco José  de Sucre, posteriormente víctima de asesinos anónimos, en las montañas de Berruecos, lograron materializar el sueño de una América del Sur libre del yugo español. Curiosidades históricas: por la dirección de los ejércitos rebeldes, tanto El Libertador, sus herederos, ya que en el momento del pago, Bolívar ya no existía, como la República de Colombia, recibieron significativas compensaciones económicas.
 


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