Opinión / NOVIEMBRE 05 DE 2014

Te amo, te odio

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“Amar a las mujeres es una disposición rara entre los hombres. Las usan, que no es lo mismo”, responde tajante la periodista Françoise Giroud a Bernard-Henry Lévy en una larga y por momentos divertida interviú.   Y sí, tiene razón la señora Giroud. Aunque, en honor a la verdad debe decirse, las damas también usan a los caballeros.

Presas ambos de los decretos de la naturaleza, han creado para delicia de los novelistas y tormento de las víctimas la institución del maridaje, ese equívoco semántico que tantos réditos le ha dado al inventor de los analgésicos o al de las terapias de pareja. El matrimonio no sale ileso de las zarpas de la posmodernidad, palabreja inventada por los académicos universitarios para justificar los emolumentos recibidos. Ya nadie en sus cabales puede decir con tono doctoral: “Las hembras buscan en el casamiento la estabilidad necesaria para traer bebés al mundo. Los varones lo padecen a cambio de un rato de ejercicios amatorios”. No lo dice porque ellas, por fortuna, se han liberado del peso de siglos de machismo y buscan a toda costa la felicidad. Nosotros, bueno, nosotros no tenemos remedio. Si las nupcias no son el destino irrevocable de los mortales, ¿qué queda? La respuesta está a flor de labios: el amor. ¿Existe tal cosa? No es el motivo de estas líneas resolver semejante pregunta. Lo es el de comentar dos filmes así llamados.

Michael Haneke y Ulrich Seidl no se van por las ramas ante el interrogante. Provistos de una mirada simple, muy cercana a la del documentalista, estrenan en 2012 sus homónimas películas. Haneke le apuesta a una historia bella y triste: George asiste al lento derrumbe de Anne, su esposa. Durante los 127 minutos el espectador no se cansa de agradecer la elegante sobriedad narrativa de Haneke. En ningún momento cede al facilismo de la lástima o del romanticismo barato. Se abstiene de pulsar las cuerdas del efectismo, por lo tanto sus personajes conservan la dignidad hasta el final. La escena cumbre está contada con deslumbrante destreza.  Amour, además de lo dicho, es un elocuente alegato sobre la vejez. George no renuncia a su autonomía, ni siquiera cuando tiene el agua al cuello.

Las actuaciones de Jean Louis Trintignant y de Emmanuelle Riva –famosa por su papel en  Hiroshima mon amour– merecen las palmas. Ulrich Seidl, en  Amor, primera entrega de la trilogía  Paraíso, relata el viaje de Teresa, una austriaca, a Kenia. Allá compra amor o su sucedáneo. El director evita el enjuiciamiento de la protagonista. Tampoco la justifica. No denuncia ni elogia los pormenores del turismo sexual. Sigue los pasos de una mujer en pleno inicio de la vejez en un mundo cuyas reglas desconoce. La economía de recursos, la naturalidad de los actores, la extensión de los planos y la ausencia de música incidental le permiten a Seidl propiciar una atmósfera tierna e inquietante.  

Concluidas las películas, mientras en la pantalla pasan los créditos, crece en la audiencia la contrariedad de saberse en una encrucijada. Viene de inmediato a la memoria el monólogo inicial de la estupenda  Annie Hall, del polémico Woody Allen. Pocos chistes son tan certeros como el de los huevos. 


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