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Opinión / FEBRERO 29 DE 2012

Tejiendo, tejiendo

Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal, no compromete la línea editorial ni periodística de LA CRÓNICA S. A. S.

Venta de una casa en Filandia, Quindío, acuerdos comerciales con Venezuela, arremetida terrorista, nombramiento de un director de noticias, movilización promovida por Santos en Necoclí, encuentro Pinzón-Rangel, fallo en contra de Plazas Vega. ¿Hechos inconexos? Solo en apariencia.

Dos tendencias político-ideológicas, armadas —ya no el sepulto bipartidismo—, se han enfrentado en Colombia durante medio siglo. En nociva minoría, grupos subversivos y simpatizantes ocultos ven en la caverna comunista una opción deseable. En bando opuesto, con variantes, han convergido desde mayorías democráticas, creyentes en la prosperidad social sin renuncia a libertades y derechos fundamentales, hasta ejércitos paramilitares reactivos contra la izquierda, ya desmontados, aunque derivaron en poderosas bandas delictivas salidas de control.

Para desgracia mayor irrumpieron, el narcotráfico, financiador de las dos extremas, y Chávez, protector y auspiciador de la guerrilla, a quien nuestro presidente tiene por amigo, mañoso dispensador de petrodólares, así le exija lavarle la cara a su ministro de defensa obviando computadores y discos duros, antes, pruebas irrefutables. El conflicto persiste por obstinación doctrinal, sociedad con las mafias, favorable statu quo de la subversión, no obstante sucesivas bajas de sus jefes, y por incoherencias e indignas posturas como esta. Cincuenta años de odio, desangre, destrucción, envilecen nuestra historia.

Gobiernos y congresos, amnistías más, éxitos militares menos, entre lodos de corrupción, se alternan con el fallido objetivo de alcanzar paz y prosperidad. Un mandatario de amarga mención con quien la historia nacional y sus comunicadores son obsecuentes en porfía, financió su campaña veinte años atrás con narcodineros. Aferrado al poder, deslegitimado el estado, empeoraron las desgracias. Tras aquel deshonroso mandato liberal —magnicidio de Gómez Hurtado y asesinato de “monita retrechera” incluidos—, funcionarios y familiares del ex, sin reatos éticos, se atrincheraron en un diario nacional y en otros medios, a la espera de la segunda oportunidad, hoy servida por el actual presidente.

La exsenadora, ahora Fiscal General, quien libró de la justicia mediante tutela a sus colegas, jueces ímprobos, más tarde contertulia de sanguinarios paramilitares, esposa de su asesor, comentarista de una cadena de radio afecta a aquel mientras cobraba pensión por incapacidad total; dos o más ministros, embajadores, entre otros, además del nuevo director de noticias de un canal de televisión, son la avanzada del remozado elefante.

A Uribe, presidente durante dos periodos tras abjurar del liberalismo, paisa de poncho y sombrero, inteligente, autoritario, para algunos bravucón, obseso del trabajo y la seguridad, no le perdonan, enemigos y contradictores, sus errores; mucho menos indudables aciertos por los cuales capitalizó mayorías aún leales. Ahora, a despecho del suyo, del Partido de la U, su desdeñado soporte electoral, el actual presidente resucita otros; les da nuevos aires para gobernar sin apuros y asegurar su reelección. Un poder judicial politizado desde las altas cortes, cerrado al escrutinio público, en causa común con cerreros malquerientes de Uribe, con aquiescencia del gobierno, dispuestos al festín, ante la imposibilidad, por ahora, de comer bandeja paisa, van por filete de exmilitares, exfuncionarios y excomisionados.

El de paz, Luis Carlos Restrepo, intelectual de fundado prestigio, médico siquiatra, filósofo, políglota, autor de diez o más libros, en retaliación judicial ignominiosa, contra evidencias y sentido común, para contento del presidente, su archirrival al interior del partido y, —rara coincidencia— también de reos exparamilitares, es acusado mediante tratos de fiscales y hampones, sometido a escarnio como avezado delincuente, y obligado al exilio, luego de lograr la desactivación del mayor factor de violencia de la historia. Para costear su defensa, debió vender la heredad en Filandia, Quindío, su departamento, donde nadie emite una voz solidaria.

Ante el fracaso de la ley de Víctimas, nuestro conductor nos lleva a Necoclí, territorio urabeño, por la tercera vía. Quiere hacernos creer que allí también gobierna. Mi amigo costeño grita desde la puerta: -Ajá, ¿y tú qué? -No, aquí, tejiendo, tejiendo.

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