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Opinión / JULIO 19 DE 2023

Trabajo y democracia

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La pandemia, el confinamiento de la población en sus viviendas, impuesto por los gobiernos alrededor del mundo, cediendo al pánico y a los palos de ciego de la OMS, cómplice de China, plantearon en gran parte de la población orbital, una divergencia conceptual de fondo, escalado a conflicto, para algunos radicales aún no resuelto. “La vida por encima de todo”, “salud antes que economía”, proclamaban los instigadores de la reclusión, de la inactividad total. El flanco de opinión opuesto, en cambio, reclamaba con vehemencia, impulsado por la necesidad, por la angustia, el derecho inalienable al trabajo, a la búsqueda legítima de recursos de subsistencia y progreso, aun a costa de obvios y medidos riesgos. En este bando confluían emprendedores micros y macros, empresarios de toda condición o escala, actores económicos independientes, jornaleros del agro, de la construcción; en suma, quienes no pertenecían a nóminas oficiales o privadas. 

Desde luego, los sectores autonombrados, “progresistas”, no afectos al trabajo -para ellos la zarpa del monstruo capitalista-, acomodados en las plantillas oficiales, en reductos sindicales: docencia, rama judicial, petrolera estatal, etc., en ONG enchufadas a recursos públicos, o en la molicie del hotel familiar, hacían encendida defensa de la inacción, de la pasiva espera en casa, a través de medios de desinformación dispuestos a servir al ab-zurdo pregón, reclamando del Estado, en tono belicoso, un soporte económico permanente, de varios ceros a la derecha, una especie de Clap chavista en dinero efectivo, para asegurar, además de vida y salud, un ocio premiado en abundancia. “Ingreso mínimo vital”, dieron en llamar a esta figura insensata, a juicio de los falsos adalides sociales, obligación estatal a favor de quien la reclame, con cargo a las arcas públicas, sin detenerse a pensar de qué manera se financiaría despropósito semejante. Cómo no, la cordura, la razón, se anotaron a la larga una victoria. El mundo, nuestros castigados países, terminaron entendiendo de una vez y ojalá para siempre, que vida, salud y economía -léase labor humana remunerada, empresa, industria, banca, agro, etc.- conforman una indivisible realidad. No es posible concebir en el plano social, uno de los tres elementos, sin el resto de la trilogía. 

Superado el trance pandémico, sirve regresar sobre el concepto, sobre la significación colectiva del trabajo y su apropiación “política” por parte de la izquierda destructiva. Primero, tenerlo bien claro; luego, expresarlo sin temor, de viva voz, trascendiendo doctrinas o dictados extraños: toda medida, toda norma, tendiente a obstaculizar, a desincentivar, a suplantar el trabajo humano, la libre empresa, como soportes de la estructura social, como fuentes de subsistencia, progreso y realización individual o colectiva, es un artefacto explosivo, una mina quiebrapatas, contra la democracia, contra la dignidad humana y las libertades. Lo es igualmente cualquier intento de subordinar el conjunto social al Estado, en el plano económico. Para los pensantes defensores del sistema que nos rige, es claro también que los regímenes totalitarios de izquierda, en su prolongada sucesión de fracasos, de tragedias humanitarias con origen político, han tenido como consigna el debilitamiento sistemático de la empresa e iniciativa privada, principal generadora de puestos de trabajo, como estrategia de dominio económico y político estatal. Obligar a la gran masa de población cesante a comer del plato del gobierno, recurriendo a su falsa magnanimidad, es la forma como Castros, Chávez, Maduros, Ortegas y demás especímenes de tiranos, han asegurado su permanencia en el poder.


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