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Opinión / NOVIEMBRE 16 DE 2022

Traición

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¡Exprópiense empresas, patrimonios; elimínense opositores; derríbense muros legales; paren industrias y comercios!… Órdenes del Comandante, del tirano, adulado por zurditos variopintos, por receptores internacionales de su chequera, en aquel lapso inconcluso de latrocinios, corrupción, despojos ilegales, nepotismo, de ríos de crudo para la compra de liderazgo continental e impunidad, verdaderas razones y causas de la mal llamada “crisis” venezolana.

Sí, para vergüenza imborrable del continente, del mundo, indiferencia, silencio cómplice, hipocresía, debilidad de carácter, entre rasgos y actitudes deplorables de la intelectualidad, de líderes nacionales, definen una postura ya adoptada, entre sí compartida, respecto al régimen espurio que oprime la patria de Bolívar. Al rechazo de corto tiempo atrás, cuando aún repugnaba a conciencias democráticas el actuar abusivo, dictatorial, de Hugo Chávez y de su esperpéntico sucesor, expresado en declaraciones de la OEA, en sanciones económicas-políticas de Estados Unidos y la Unión Europea, ha seguido, consecuente con la extensión de la mancha roja que hoy cubre Iberoamérica, un periodo de reacomodo de posiciones, ahora tendientes al acercamiento, a la connivencia, con un régimen probadamente ilegítimo, corrupto, narcotraficante, violador de la constitución, de leyes y derechos humanos, predador de recursos públicos, destructor de un país.

Porque el drama del mísero exilio para millones de venezolanos, cada uno con su propia historia de tragedia individual, familiar, comunitaria, pasa frente a nuestras narices, día a día, desde varios años atrás; porque condolencia y solidaridad son sentimientos espontáneos frente a la injusticia, a la acción de pocos en perjuicio de mayorías; porque nos negamos a la resignación al observar una nación digna, rica en recursos naturales como ninguna, con trayectoria democrática e instituciones civilistas, convertida en paria del orbe, emisora de pobreza y desesperanza extremas; porque no olvidamos que desde esa frontera de sombras se ha conspirado durante décadas contra nuestra democracia, auspiciando la acción de grupos narcoterroristas, protegiendo comandantes del crimen; por todo ello, duele, rompe el alma, ver el abrazo del presidente de Colombia con monstruo semejante de maldad, enemigo visceral del país, encarnación de todo cuanto de indeseable puede tener quien ejerce poder. ¿Los reúne hoy su común credo ideológico?, ¿el uso reiterado del lenguaje del odio?, ¿las teatrales puestas en escena para consumo de la estulticia mediática? Por desgracia, el adhesivo entre ellos no es tan trivial. Los acerca más bien el instinto destructor, la compulsiva necesidad de romper, de quebrar, de profanar, de instaurar un régimen monopartidista e inamovible de extrema izquierda, a toda costa. Cuanta más ruina y desolación siembren a su paso, más realizados se perciben. No nos desorientan las casuales poses de mansedumbre del mesías rojo. ¿Acaso no se configura claramente traición a la patria?, ¿a la Venezuela migrante arropada bajo nuestro tricolor?, ¿a la humanidad entera? Transar con quien procede en daño hacia el país y hacia su propio pueblo no es acto inane. Constituye una ofensa artera contra Colombia, contra su dignidad nacional, contra sus ciudadanos e intereses. ¿Es tan difícil descifrar las torvas intenciones del neoredentor al congraciarse con el causante de millones de venezolanos exiliados del hambre?
 


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