Opinión / OCTUBRE 24 DE 2021

Tríptico de Marta Nalús

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El quehacer poético de Marta Nalús lo conforman los libros El amante (2002), Mar de noviembre (2006) y Tríptico (2021). A su vez, esta última obra tiene tres capítulos: Los muros de la casa, Dibujados por la Luna y El árbol de la vida. Ya desde niña, Marta le confiaba al río Chicamocha, en Soatá, las intimidades de su fibra sentimental.  

Desde entonces no ha dejado de hacer poesía, en forma silenciosa e intimista, que ha concatenado en estos tres escalones que constituyen una producción emotiva, reflexiva y depurada. Se enamoró del mar a los doce años, e hizo de esa imagen una atalaya para contemplar el mundo a través de variados horizontes. El mar la seduce. Desde tiempo atrás ha tenido en mente la novela La sombra del mar, que pensaba concluir en Viena al finalizar su carrera laboral. Allí residió en los años 70, y ese era el escenario preciso para ponerle punto final al proyecto narrativo. 

Sin embargo, algo se interpuso para que hubiera aplazado el plan de la novela. Y surgió este Tríptico que se convierte en la memoria que acaso le hacía falta para ahondar en sus sueños y sentimientos. La ilustración de la cubierta y páginas interiores es autoría de su hijo Valeriano Lanchas, el famoso cantante de música lírica y ópera.

La fusión del mar, del amor y los recuerdos representa la esencia de la obra poética de Marta Nalús. Cuando evoca los “muros cansados de la casa”, vuelve a sus propias raíces ajadas por el paso de los años, y estas brotan nítidas, no como la arteria rota, sino como el latido persistente de la sangre. Ve a sus padres entre las nieblas del tiempo y percibe el aroma de las flores. “¿Dónde quedaron —pregunta— las noches iluminadas de los cuentos? ¿A dónde fueron las risas al compás de la pelota en el parque enmarcado por geranios, lirios y azucenas?”.

Y brota en su poemario la edad de la ilusión, cuando “frente al fuego y la penumbra quisiera decirte muchas cosas de aquellas que acercan nuestras vidas y que entonces nunca nos dijimos. Cosas que se niegan a sucumbir en la memoria”. La vida, en efecto, es un enlace entre lo que fue –o pudo ser– y lo que perdura como rezago, y otras veces como testimonio, de la pasión fugaz o del amor duradero.   

Hay en su poesía, ya en la cumbre de la existencia, un tono de nostalgia, de olvido y soledad. Esa, por cierto, es la señal característica del ocaso de la vida. Pero también se siente en sus poemas un aire de sosiego y de paz. Todos estos signos son connaturales al ser humano, y así lo resalta Marta en estas líneas finales de su hermoso libro: “Escapé para siempre de la elipse que envolvía la memoria. Ahora soy libre y vago por los mares abrasada por este sol que atardece y quema en silencio los recuerdos”.   
 


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