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Opinión / AGOSTO 03 DE 2011

Triste cumpleaños

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Hace cinco lustros, el Banco de la República, con el plausible propósito de dotar a la capital del Quindío de un centro cultural de primer orden, encargó al colombiano Rogelio Salmona —discípulo de Le Corvusier, y más tarde titular del premio Alvar Aalto, equiparable a un premio Nobel de arquitectura—, el diseño del Museo Quimbaya, en el extremo norte de Armenia, vértice de sus dos principales arterias longitudinales.

Se pensó en un edificio polifuncional: muestra de piezas arqueológicas adquiridas por el Banco de entre la infinidad de guacas excavadas en la región durante siglo y medio, la mayoría de aquellas en manos particulares, otras en poder de coleccionistas del exterior; otras, como El Tesoro Quimbaya, entregadas en absurda donación a la Corona Española a comienzos del siglo XX; biblioteca, hemeroteca, salas de exposición, auditorio, tal como existen en las demás capitales de departamento. Razones adicionales fortalecían la propuesta: tradición del Quindío como referente regional y nacional de actividad artística, carencia en la ciudad y su entorno, de piezas arquitectónicas importantes.

Es conocida la responsabilidad asumida por el Banco como promotor, gestor y realizador cultural en el territorio nacional desde la biblioteca Luis Ángel Arango y mediante su Red de Bibliotecas en las principales ciudades. Sus edificios, los programas en ellos efectuados, han contribuido en forma decisiva a la actividad cultural de la capital y las regiones durante más de medio siglo.

 Cumplió el Banco, cumplió el arquitecto Salmona y los ingenieros. Armenia, el Quindío, cuentan, a partir del año 1986, con un elemento arquitectónico de renombre nacional; respuesta afirmativa a la idea funcional y estética entonces propuesta. La edificación, merecedora del primer premio en la Bienal Nacional de Arquitectura 1986-1987, declarada Bien de Interés Cultural de la Nación, dentro del conjunto de nueve edificios de Rogelio Salmona, es hoy el emblema arquitectónico del departamento; de Armenia, su capital, a pesar del aparente desinterés de sus habitantes.

Mimetismo con su vecindad natural, elegancia, funcionalidad, alto valor estético, son atributos notables. También lo es la presencia armónica de los elementos esenciales: aire, luz, tierra, agua, color, vegetación, celebrado éxito de Salmona en todos sus diseños… Seis volúmenes útiles erigidos en ladrillo a la vista y concreto rústico, alrededor de dos plazoletas interiores, la primera con galerías perimetrales, cruzadas por atarjeas, en medio de jardines, fuentes y pequeños espejos de agua, conforman el núcleo constructivo. Portada, andenes, terrazas, escalas para el manejo de desniveles topográficos, y un auditorio al aire libre alusivo al Ágora griega, complementan el conjunto.  

Sobre el nivel de uso para los fines previstos, hay apreciaciones divergentes. Pese al esfuerzo de las administraciones anteriores, aún da la impresión de sub-utilización en sus diversos recursos: salas de lectura, consulta e investigación, acceso a internet, realización de eventos expositivos y artísticos, visitas a la colección arqueológica, afiliaciones a la Red de Bibliotecas.

No obstante, con franqueza debe expresarse, resulta deplorable el estado actual de la institución en todos sus aspectos: nuevo equipo administrativo sin vínculo con la ciudad o el departamento, esquivo al trato; edificación en evidente deterioro: humedades, grietas, piezas sueltas, terrazas con acceso vedado al público, cafetería en abandono, sin concesionario; sistema hidráulico de espejos y canales internos en desuso, lago convertido en fétido lodazal, descuido en los jardines. Por otra parte, se extraña la pobre programación, si esta existe, de eventos artísticos e intelectuales, el aislamiento institucional, las trabas, nuevas exigencias y condiciones a los usuarios de la Red de Bibliotecas, y la pobre promoción de sus servicios. Larga y fructífera vida para el Museo Quimbaya.

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