Opinión / JULIO 29 DE 2021

¿Triunfos femeninos?

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La primera vez que una mujer recibió el premio Nobel de Literatura fue en 1909, ocho años después de que el reconocimiento fuera otorgado a un hombre. Ella, la escritora sueca, fue Selma Lagerlöf: poeta desde los 12 años, maestra desde los 23 y siempre inquieta por la desigual vida de las mujeres ante los hombres, quien pasó a la historia no solo por sus novelas sino, también y sin embargo, por ser la primera mujer en recibir este galardón. 

En 119 años, de las 919 personas que han recibido premios Nobel en todas las categorías, tan solo 54 han sido mujeres, es decir, el 5.87%. Además, en 119 años, el Nobel de Literatura ha sido otorgado a 117 personas, 16 de ellas mujeres. Tan solo el 13.67 %. A esto último vale la pena sumarle que, en 1966, dicho premio fue compartido por la escritora alemana Nelly Sachs y el judío Shmuel Yosef Agnon. ¿Tremendo y lamentable, cierto?

Quisiera que fuesen tan solo unan cifras más, números perdidos en las listas universales, porcentajes insignificantes como muchos otros, pero no. Son cuerpos, mujeres, mentes y vidas reales. Virginia Woolf decía, en su obra maestra ‘Un cuarto propio’, que si Shakespeare hubiera tenido una hermana con las mismas inquietudes y talentos que él, y si ella hubiese deseado perseguir el sueño de escribir, de crear a partir de la palabra, de representar obras de teatro o ser artista, seguro —muy seguro— hubiese recibido un rechazo inminente, algunas tundas considerables, burlas y no habría podido salir de casa o, peor aún, siquiera tener privacidad. 

¿Qué hubiese pasado con la imaginaria hermana de Shakespeare? Luego de ser silenciada, quedan dos caminos posibles: casarse, tener hijos, vivir reprimida y esclavizada; o huir de casa, trabajar en otra ciudad en cualquier cosa “digna” de una mujer infeliz y morir en la desgracia absoluta. No estamos muy lejos de la realidad. Es como si la escritura hubiese estado pensada en un inicio para el hombre, porque “biológicamente” —y ridículamente— la mujer nació solo para ser madre y ya, de lo contrario, era bruja, estaba endemoniada o era hija del diablo. Esa, y muchas otras razones, hicieron que aquellas que escribían optaran por el seudónimo o el anonimato, como lo fueron los autores del siglo XIX, George Sand y George Eliot, que en realidad eran mujeres. 

Sexismo, machismo y misoginia inundan estos premios Nobel que, como otros —los Juegos Olímpicos, por ejemplo—, vienen siendo la punta del triunfo en una vida llena de sacrificios. Mujeres que toda su vida se han preparado en lecturas inacabables, escuelas, estudios de maestrías o doctorados, viajes, más lecturas y prolongados encierros oxigenados por la palabra escrita siguen siendo silenciadas, mas no derrotadas. La insistente brecha de género en la literatura produjo una embestida de movimientos feministas y de escritoras que están escalando sin miedo a escribir su nombre propio al final de la obra. ¿Son triunfos femeninos? Sí, completamente femeninos.


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