Opinión / FEBRERO 25 DE 2021

TV regional parte 1

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En los años 80, cuando la televisión regional comenzó su proceso de diseminación en algunos de los territorios colombianos, se agitaban las banderas de la descentralización; que era el modelo de producción y programación de televisión dominante en el país, debido a que la infraestructura técnica estaba en la capital y se valió, en sus inicios, de procesos creativos heredados de otros medios de comunicación —como la radio y la prensa— y formas de cultura —como el teatro y el cine—.

Diego García afirma que “la invisibilización y la negación de las regiones en la televisión pública nacional era tan marcada que se puede decir que hasta bien entrada la década de los 1980, las cámaras no habían salido de Bogotá”. Ya, para ese entonces, Luis Carlos Galán había hablado de “la bogotanización de la televisión”. 

En la presidencia de Belisario Betancur, de las banderas se pasó a las antenas de la independencia. Y los canales regionales comenzaron a operar, no sin tener que franquear las dificultades que implicaba poner al aire un medio complejo, en términos técnicos y de producción, con personal en proceso de aprendizaje y una audiencia curiosa pero inconstante.

El papel de los canales regionales, autorizados por el Estatuto de la Televisión en la ley 42 de 1985, sería dejar de lado los moldes y prejuicios con los que se narraban las regiones por parte de los medios nacionales, para dar paso a un punto de vista local que reflejara los imaginarios de los habitantes de los territorios, sus tradiciones, su identidad; con el tono y la mirada audiovisual de los realizadores autóctonos. —Esa es la esencia pura de la televisión regional—. Por esta razón, resultaría contradictorio que en épocas de abundancia —si es que se les puede denominar así— accedan a los recursos concursables, realizadores y productoras que no conocen y pertenecen al área de influencia del canal.

Los primeros años de la televisión regional fueron complejos, pero abrieron el camino y cumplieron el cometido de poner en pantalla las caras reconocibles con las que nos podemos cruzar por el centro de la ciudad, los artistas propios y los políticos que toman las decisiones que nos afectan de manera inmediata. 

Sin embargo, la adolescencia de la tele regional fue más difícil. En la próxima columna abordaré esta época en la que los equipos técnicos se hicieron viejos, los programas se encerraron en un estudio jalados por la inercia del ‘telesillón’ y los recursos fueron escasos; para más adelante llegar a convertirse en una televisión moderna —en términos de infraestructura— pero que aún no comprende lo que representa la digitalización en la, nunca antes más pertinente, Aldea Global de la que hablaba McLuhan.

Zapping: La escena mostraba a un abatido y delgado hombre en una silla ruedas. Quien, con sus hombros y cabeza caídos, ganaba la atención y el pesar de la audiencia que veía el suceso por los medios de comunicación. Exasperados, muchos ciudadanos, entre ellos reconocidos opinadores, de todas las esferas, reclamaron airosos por la violación a los derechos humanos a la que era sometido Santrich. Hoy, el bufón se ríe —arrogante como verdaderamente es— en la cara de todos los crédulos, su actuación rindió frutos y escapó para, desde la cobarde clandestinidad, mofarse y amenazar de muerte al presidente de la República, y en su cabeza, a los colombianos. ¿Donde están los que defendían a este sarcástico rufián? 


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