Opinión / AGOSTO 08 DE 2009

Un año difícil

Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal, no compromete la línea editorial ni periodística de LA CRÓNICA S. A. S.

Todo hace prever que tendremos un año lleno de dificultades. Basta examinar las perspectivas partiendo de la base de lo que ahora ocurre. Veamos.

Mientras el Congreso se desgasta en el trámite del referendo que permitiría la segunda reelección, la campaña presidencial está empantanada porque no se sabe si el presidente Uribe estará en la contienda como candidato. Y se dice como candidato, porque de todas maneras participará en ella, así sea solamente para tratar de designar a quien habrá de reemplazarle. Dicho sea de paso, insisto en que, a pesar de algunos titulares que lo dan por muerto, sí habrá referendo.

La crisis económica existe y golpea más duramente a la gente de bajos ingresos. Según algunos expertos, la reducción en las tasas de inflación al nivel más bajo en casi cincuenta años, tiene un costo muy alto: la baja en la demanda. Si ésta baja es porque los colombianos consumen menos y esto implica más necesidades insatisfechas. Aumenta la miseria y crecen las desigualdades.

Es ostensible el fracaso en las políticas de salud que se manifiesta en los hospitales que se cierran o pasan a manos del sector privado. El improvisado ensayo de las Empresas Sociales del Estado demostró que en el afán por acabar con el Instituto de Seguros Sociales no se tuvieron en cuenta los riesgos ni se calcularon los perjuicios que se causarían a la población. Nada permite esperar que el monstruoso engendro que resultó de la fusión de los ministerios de la Salud y del Trabajo solucione los problemas de las dos áreas.

La guerrilla de las Farc no ha desaparecido. Seguramente seguirá dedicada al terrorismo y al secuestro y será necesario derrotarla para obligarla a negociar. Ese objetivo se complica por el innegable apoyo que los gobiernos de Chávez y Correa prestan a los criminales. Mientras Venezuela y el Ecuador sean santuarios de estos bandidos, refugios seguros, la lucha contra ellos será ineficaz en gran medida. Hacer del Estado el único depositario de la fuerza, respetado y acatado por todos, tiene que ser parte del programa de todos los que aspiren a ejercer el poder.

Como lo he dicho, no soy partidario del establecimiento de bases norteamericanas en el territorio nacional. Pero nada autoriza a otros gobernantes para imponerle a Colombia obligaciones o prohibiciones en sus relaciones internacionales. Según la Constitución corresponde al presidente dirigirlas y celebrar con otros Estados tratados o convenios que se someterán a la probación del Congreso. Esa es una facultad indiscutible e irrenunciable.

En consecuencia, celebre el presidente el tratado que considere conveniente para la nación. Pero sométalo a la aprobación del Congreso, no busque pretextos o disculpas como aquella de que apenas se están cumpliendo convenios existentes. No, hay que llamar las cosas por su nombre y actuar según la realidad, no eludirla o disfrazarla. El Congreso aprobará el tratado si su necesidad y conveniencia son evidentes. Los debates a la luz pública fortalecen la democracia y son muestra de madurez política. Y si se habla de convenios que ya existen, ¿por qué no mostrar cuáles son? Con la advertencia de que si se modifican, constituyen nuevos tratados que tienen que pasar por el Congreso y por la Corte Constitucional.

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