Opinión / MARZO 24 DE 2022

Un plan militar para la paz

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El 27 de mayo de 1964, el general Alberto Ruiz Novoa, ministro de Guerra en el gobierno de Guillermo León Valencia (1962-1966), pronunció un discurso en el Hotel Tequendama como respuesta al homenaje de la Sociedad de Agricultores de Colombia por su labor de pacificación (entendida en el sentido positivo y textual). Allí, llamó la atención de los asistentes con respecto de la necesidad urgente de modificar los “factores estructurales” que alimentaban la violencia y cuyo tratamiento exclusivamente militar, era no solamente insuficiente, sino, ante todo, inadecuado. Uno de los factores que resaltó fue el de la mala utilización de la tierra para lo cual citó el llamado “Informe Lebret”. De igual manera, planteó adoptar la justicia social como propósito nacional. Sus palabras causaron gran impacto en la opinión pública y fuertes críticas en el conservatismo. 

El general Ruiz Novoa había sido contralor de la República (1953-1958). Esa experiencia le permitió comprender el país más allá de la perspectiva castrense. A ello se suma el conocimiento detallado del estudio adelantado por el sacerdote dominico y economista francés Louis-Joseph Lebret, quien fue contactado por el gobierno del general Gustavo Rojas Pinilla para realizar un estudio sobre las condiciones del desarrollo del país. La misión de economía y humanismo (que marcó un hito en el análisis sociológico) inició en 1954 y culminó en 1956, sus resultados fueron entregados en 1958. En el informe final, Lebret recomendaba que las Fuerzas Armadas de países como Colombia no solo debían cumplir una función defensiva, sino que debían ser un “ejército creador”, instruido técnicamente para contribuir al desarrollo.

Ruiz Novoa, influido por Lebret, precisó la definición de desarrollismo militar, el cual se caracterizaba por su visión de que los medios militares se podían poner a disposición del mejoramiento económico y social; especialmente, de la población campesina, imbuida irreversiblemente en un contexto de pobreza, violencia política y desconexión con la institucionalidad. Así, surgió el Plan Operacional Lazo en medio de un ambiente tenso de violencia e inequidad y, en el plano internacional, de la llamada Guerra Fría y los lineamientos de la Alianza para el Progreso. 

El Plan, redactado por el general Ruiz Novoa y sus colaboradores, siendo comandante del Ejército (1960-1962), se concibió como una estrategia para enfrentar los focos de violencia de manera integral; es decir, sin atender solamente la dimensión armada, sino con acompañamiento del conjunto del Estado (acción cívico-militar). La iniciativa se enfocó en aquellas zonas del país donde la violencia era más intensa (Caldas, incluyendo al Quindío y Risaralda, Tolima, Valle del Cauca y Santander). Vale recordar que el primer experimento del plan fue el Destacamento Operacional del Quindío (1961), creado para enfrentar el bandolerismo. 

 Al profundizar en el diseño del Plan Lazo, su desarrollo y resultados, es posible constatar que, en diferentes momentos de la historia, las Fuerzas Armadas han procurado generar una respuesta integral para lograr la paz en el país. Quizás de haber continuado esa estrategia y atendido las recomendaciones del Informe Lebret, se habría evitado la prolongación de un conflicto armado que aún no finaliza. 


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