Opinión / MAYO 09 DE 2021

Un vaho que demora en irse

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En los últimos meses me asalta una pregunta que, más allá de llevarme a responderla desde algún tratado filosófico, me hurga la experiencia: ¿Es la sociedad un algo que me constituye, indivisible, o algo que me contiene? Pienso en estas cosas mientras rechinan las llantas en el asfalto, afuera, y los gritos hacen vibrar los vidrios de las ventanas. No quiero cavilar la respuesta desde un “yo” colectivo, me ocupa ahora la mirada pequeña. Pienso en una sociedad que me atraviesa, desde las horas tempranas en que corro las cortinas. Lo externo se presenta con su mugre y sus olores; también la sociedad que reposa en mi alacena, en los cajones del armario, en la literatura, fría, sobre el suelo; demasiadas cosas por definir.  

La circunstancia erige urgencias: ha estallado el paro nacional y a la par se me ha encomendado entrevistar a Fernanda Trías, es decir, debo descender a Mugre Rosa. Predispuesta a la ficción, tengo que decir que me ha costado encontrarla. En esta distopía, como en todas, el tiempo es una rueda erguida que gira sobre otra acostada. Al principio tienes la sensación de estar sumergido en un embotamiento, un artificio para sobrevivir a lo que se pudre, y allí se pudre incluso lo que está muerto. Una ciudad portuaria padece una epidemia producida por la contaminación de las aguas y del aire, hay animales mutantes y vientos que queman la piel. ¿El resultado? Personas con tapabocas, aisladas, sometidas por el miedo; pero, sobre todo, la otra epidemia: la disfuncionalidad del Estado, el colapso sanitario, el capitalismo que dicta un orden inconsecuente con la circunstancia del pueblo. Esto, concebido en su conjunto, es el grueso de cualquier discurso izquierdista o medioambiental, pero desde la mirada –individual- del personaje principal, se construye una dimensión de las cosas que remueve del fondo el desconcierto: la fragilidad de los lazos afectivos como metáfora de la descomposición social. Se ponen en entredicho las formas convencionales de la maternidad; la infancia es un suceso remoto que solo se puede vivir en el recuerdo, como un disco sobre el que gira la misma tira de imágenes; el futuro es predecible, el presente infinito; los personajes se repliegan ante la inminencia de la muerte, percibida desde la primera página.  

Una novela que pone en cuestión el hecho de que la humanidad tecnificada, y “menos invencible que la de antes”, que somos los de este siglo, puede igual sucumbir ante una reacción medioambiental como ocurría en la época del paleolítico; una forma de exterminio menos tortuosa que la disfuncionalidad estatal, en términos de tiempo.  

Tengo la sensación de que Mugre Rosa me ha devuelto a esta dimensión en un líquido cuyo olor demora en irse. La literatura siempre es una vibración, hace emerger la realidad que se asienta ante la perspectiva acostumbrada. Afuera los gritos se han vuelto lamentos, los escucho como entre las paredes de una antigua casa, enorme y abandonada.


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