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Opinión / MARZO 29 DE 2023

Una idea niveladora

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A finales de septiembre del año pasado se lanzó al mercado ‘Flores Tardías’, la más reciente novela de Mo Yan, autor chino ganador del Premio Nobel de Literatura 2012, y la primera que escribiera tras hacerse con el prestigioso galardón. Un acontecimiento narrativo de nulo eco en Colombia, pues mientras en cualquier librería de España este libro puede comprarse por €22,90 ($117.000, aprox.), en nuestro país hace falta importarlo desde Europa, lo que dispara su precio por encima de los $150.000. En una economía con una capacidad adquisitiva considerablemente menor a la española, situaciones como estas nos condenan irremediablemente al rezago cultural y científico.

Entonces, ¿cómo podemos remediar esta desventaja competitiva? Hay muchas alternativas sobre la mesa, por supuesto, pero lamentablemente todas dependen de las editoriales y ninguna de los lectores, principales agraviados y víctimas de esta barrera de pago tras la cual se esconde información en su propia lengua a la que, muy seguramente, nunca podrán acceder en condiciones normales. Por ello, he aquí una idea niveladora, plagiada de las promesas futuras hechas por la industria de la impresión en 3D, y que beneficiaría a cada uno de los eslabones de la cadena de producción de libros.

Uno de los principales obstáculos para la ampliación del catálogo de libros disponibles en Colombia son los gastos por mantenimiento de stock en caso de que los títulos adicionales no se vendan. El espacio cuesta y, por ende, almacenar existencias de libros que no circulan a la velocidad necesaria es una sangría para cualquier distribuidor. Esta condición básica del mercado hace que se dé prevalencia a títulos de venta fácil y menos páginas en detrimento de otros autores mucho más de nicho, como Mo Yan, o nombres que, aunque rutilantes en el extranjero, son desconocidos para el público colombiano.

Esto se resuelve sin aspavientos implementando un sistema de impresión bajo demanda en el cual la editorial de turno, o un sindicato de varias para el caso de los sellos más pequeños, pondría a disposición de sus lectores puntos autorizados en librerías, bibliotecas, centros comerciales o universidades a donde cualquiera podría acudir, revisar el menú de aquellas novedades literarias que regularmente no llegarían a Colombia y pagar por tantas impresiones como copias de estas se quieran. El precio final de venta al público variaría, o no, en función del tipo de encuadernación utilizado, pudiendo incluso crearse una especie de “formato viajero”, mucho más ligero y que ayudaría a simplificar el trámite de confección de la orden.

Una iniciativa con la que todos ganan, pues la editorial estaría vendiendo libros que, de otra forma, jamás vendería en Colombia, a la vez que reduce el riesgo de stock inmovilizado y facilita a los lectores locales el acceso a libros y escritores que, de otra forma, jamás leerían o cuya existencia ignorarían. Juntos conseguiríamos potenciar la competitividad del lector colombiano, dándole la oportunidad de hacerse con la misma información en español que leen sus pares europeos. Un logro que nivelaría la cancha y acortaría el silencioso abismo cultural que a diario se abre ante nosotros.


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