Opinión / ABRIL 22 DE 2021

Vallejuelo

Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal, no compromete la línea editorial ni periodística de LA CRÓNICA S. A. S.

Desde el asiento de atrás la voz de HAT llega en hilachas: el viento de las ventanillas arrastra las palabras. Desmenuza estrofas de R. Quintero: quincalla. Después de 40 minutos con el pedal a fondo, arribamos a Vallejuelo, una vereda de Zarzal. A la entrada del conjunto de casas, las llantas pasan cerca del lomo esmeralda de una iguana. En la banca del parque-cancha, a la sombra de árboles viejos, hablamos de “Gran sertón: Veredas”. Armado con una cauchera, un niño entrena la mano y el ojo. Tres cervezas después, Aurelio propone ir a Zarzal, buscar allí un café mientras es la hora del sancocho de gallina. En el centro no encontramos un sitio con ventiladores y sillas cómodas. Los pocos locales abiertos rugen con las voces de Diomedes, de Darío Gómez, de Pimpinela, de Vicente Fernández. La banda sonora de los pueblos de este pedazo de Colombia rinde tributo a la hombría anticuada, cursi. Terminamos en un restaurante al borde de carretera. Las garras del calor se aferran al cuello, a las piernas, al vientre. El regreso a Vallejuelo tarda un chasquido de dedos.

De nuevo en el parque, Aurelio rememora sus caminatas ochenteras por estos parajes. Con primos y hermanos, acampaba en los predios de una familia de ancianos. Todo finalizó cuando los narcos del Norte del Valle compraron las tierras de muchos, las cercaron con  Swinglea, con alambre de púas. Secuestraron el paisaje. En tono bajo, Aurelio cuenta detalles del operativo de captura de Urdinola. Alguien se los refirió. A su vez, a ese alguien otro se los narró. Lo de siempre: un relato enriquecido por cientos de eslabones. Allí –me enteré luego – fue apresado “Don Diego”. El narcotráfico creó una imaginería efectiva, en muchas ocasiones capaz de suplantar la religiosa. A fin de cuentas, el negocio de las drogas ilícitas no es un asunto privativo de la justicia, de las fuerzas policiales. Ya hace parte de los mecanismos de la identidad. A la fuerza, los capos modernizaron las estructuras sociales, culturales, productivas del país y, paradoja grande, ratificaron rezagos de la idiosincrasia nacional.

Un aguacero de padre y señor mío nos atrapa en la vereda San José, de La Victoria. Fuimos a ver las blancas paredes y el piso bermejo de una ermita del siglo XIX. Frente al templo, una mansión en ruinas completa la rareza del ambiente: sin techo, el interior es colonia de animales de finca, de enormes caracoles. Las aguas verdes de la piscina alimentan zancudos, bichos. Un tipo, seguido de una tropa de perros flacos, nos retiene con sus propuestas. Primero, promete ayudar en la compra de un gallo colorado. Después, ofrece llevarnos a un lote subastado a precio de huevo. Un embustero. La oscuridad empapa a los árboles. Esperamos en una tienda de sillas amarillas. La vendedora cubre el rostro de una amiga con polvos, dibuja las cejas, afila las facciones. De regreso, pasamos por Cartago. Seguimos de largo. Esa noche, la muerte visita el municipio. En Colombia, la belleza y la violencia comparten lecho, vestido. Al final de la jornada, descansamos en Maipú 994. La luz del  whisky  adormece los nervios, el cansancio. Le otorga, al menos por un rato, solidez al mundo.    


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