Opinión / ENERO 24 DE 2021

“Veintidós años”

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El año anterior, en una misa presidida por este servidor, en el sector de la Brasilia, afectado por el terremoto que sacudió al eje cafetero en 1999, hice la propuesta que cada año celebremos no un aniversario del terremoto, sino la fiesta de la vida y la esperanza. Así es, cuantas familias damnificadas y enlutadas por ese nefasto 25 de enero, en el que vimos caer edificios, casas, escuelas, templos y sobre todo, tantas pérdidas humanas. Afortunadamente nos hemos ido levantando, de en entre los escombros, para seguir construyendo nuestra vida en medio del dolor, caminando firmemente con gozo y esperanza. Sin embargo, hoy reitero una vez más: nos podemos quedar cada año haciendo remembranza del pasado doloroso, recordando a los cientos de hermanos que murieron, haciendo ofrendas florales, realizando actos protocolarios para conmemorar este aniversario y hay que seguir haciéndolo; pero, ¿por qué no damos un paso más hacia el cambio y la conversión del corazón? Quisiera, en este sentido, proponerles un ejercicio: intentemos responder con sinceridad y buen juicio a estos interrogantes que siguen rondando en mi mente y produciendo dolor en mi corazón. ¿Qué cambios estructurales se han dado en nuestra ciudad, en nuestro departamento, en nuestra vida, a lo largo de estos veintidós años? ¿Hemos abandonado las estructuras caducas o seguimos aferrados a estructuras obsoletas y dañinas? ¿Por qué se ha ido adormeciendo la solidaridad, después del terremoto y una vez ha ido avanzando esta pandemia? ¿Por qué seguimos tan enredados en medio de la corrupción, la politiquería, la violencia? ¿Por qué se quiere callar la conciencia y apagar la vida de quienes desean luchar por la justicia y la verdad? ¿Qué nos está llevando a la falta de civismo y conciencia ciudadana? ¿Por qué el desempleo sigue creciendo en nuestro territorio? ¿Por qué las ayudas a los venezolanos y a los más pobres se quedan en la burocracia y el despilfarro social? ¿Por qué nuestra capital quindiana, se viste hoy de basura, suciedad, indigencia, huecos, inseguridad, indolencia, indisciplina social? ¿Por qué sigue creciendo el micro tráfico y no hemos sido capaces de arrebatar de las drogas a cientos de niños, adolescentes y jóvenes? ¿Por qué si hemos reconocido el valor de la familia en esta pandemia, seguimos permitiendo que se ataque la institución familiar, promoviendo el aborto y difundiendo doctrinas contrarias que marcan la ruta de una ideología de género por encima de la familia? ¿Por qué la banalidad de algunos medios de comunicación que se olvidan de la verdad, la responsabilidad social y la ética periodística, defendiendo colores políticos y haciendo gala de sectarismos y divisiones sociales? No hay duda que es preciso encender una vela en medio de la oscuridad y, desde la fe, darnos cuenta que podemos levantarnos con la ayuda de Dios y la solidaridad de todos. Hay temas de la agenda pública que es necesario revisar y a los que hay responder sin dilación, así se lo manifesté al Señor Alcalde en carta enviada el seis de noviembre del 2020: “la seguridad, el civismo, la solidaridad social, los pobres, las minorías étnicas, los líderes sociales, la intervención comunitaria, la relación con los medios de comunicación, la justicia social, el desarrollo humano integral, la paz, la salud, la vivienda, ciudades amables, la lucha contra la corrupción, la educación, el mundo del trabajo, la universidad, el campo y la inversión agraria, las JAL, la libertad religiosa, el trabajo informal, los vendedores ambulantes, la delincuencia organizada, el liderazgo de la policía y el ejército, los impuestos, las organizaciones no gubernamentales, las agremiaciones, asociaciones, los gestores de paz, las instituciones cívicas como bomberos, defensa civil, cruz roja internacional, los voluntariados, el deporte, las madres cabezas de familia, la violencia intra-familiar, las riñas callejeras, los desafíos del mundo post-COVID, la estabilidad laboral de los servidores públicos, el empleo, las invasiones, la movilidad pública, los discapacitados, etc., merecen atención inmediata”. La reconstrucción material se ha ido haciendo con éxito y maravillosos logros, pero aún tenemos una deuda con nosotros mismos, en la restauración espiritual. Hoy quiero ser voz de los que no tienen voz y expresar el clamor de un pueblo, en estas líneas sencillas, advirtiendo que aunque las preguntas puedan parecer desconsoladoras, no tienen otra intención que sensibilizarnos y ayudarnos a comprender que esta ciudad milagro y este hermoso departamento merecen, de nuestra parte, una respuesta de amor que nos saque a todos del atolladero en que nos encontramos para empezar a ver la luz en medio del túnel, para comprender nuestra misión y unir esfuerzos de manera que podamos ser artesanos de paz, profetas de esperanza y constructores de una sociedad más justa y más humana.


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