Opinión / SEPTIEMBRE 23 DE 2018

Vicisitudes de una época

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Aprender de memoria y adiestrarse en un oficio era lo básico que se pedía del aprendizaje. Para el efecto, se instruía en conocimientos de ciencia y sentido común con el fin de preparar al alumno para la mayoría de edad y la responsabilidad personal.

Formar para un trabajo, una vocación o un destino con los años de escolaridad, y por la presencia de una autoridad pedagógica que inducía en la necesidad de saber del mundo, de las cosas y de las personas fueron siempre las recomendaciones que asistían la acción educativa. La realidad se ofrecía sin mayores cambios, como para creer que lo aprendido sería suficiente a las expectativas y dinámicas de la sociedad. No se creyó nunca que la ciencia y la tecnología irían a transformar todo el ámbito de las relaciones del hombre con el hombre y con la naturaleza.

De modo que con el tiempo, saber de un oficio y ejercitar la memoria, no constituirían el objetivo más preciado al que se aplicaría el aprendizaje. Varios elementos entran en juego, entre ellos, que el trabajo rutinario y una práctica de todos los días “embota la mente” y no es atractivo, pues termina por volverse una especie de jaula en la que el individuo no quiere permanecer, y con la innovación tecnológica se ve la posibilidad de liberarse de labores mecánicas, memorísticas y monótonas, que las máquinas hacen perfectamente. Se añade que muchos de los trabajos que se realizan no ofrecen posibilidades de mejoramiento de las condiciones de vida. Es como permanecer estancado, sin mayores motivaciones personales y sin ninguna alternativa u opción distinta.

También que, en el fondo y de modo silencioso, se producen pequeñas transformaciones que dan lugar a nuevas expectativas y renovados horizontes. Con ellas se presenta la ocasión de revisar lo que significa vivir y preguntar por la razón de la existencia. Bajo esta perspectiva se desarrolla la convicción de que verdaderamente lo que distingue al ser humano es su capacidad de hacer diferencia y no parecerse a nada ni a nadie. “Ser uno mismo, por cuenta propia, no ser como los demás”. No quedarse atrapado en un tiempo y en la rutina de un asunto que acongoja y envilece. La consigna es: “Haga diferencia, y si lo requiere búsquese un instructor”. 

En esta época se anuncia y hay posibilidad de un mayor regodeo en lo que quiere la gente. Es tanta la cantidad de información y son tan abiertas las posibilidades de vida, que hay la certeza de que nunca agotarían los deseos y anhelos humanos. A esto se aúna que los límites se han extendido y el conocimiento disponible es “desconocido, vasto, misterioso y salvaje”. Es una aventura que se presenta enriquecida, pero que a su vez, está llena de incertidumbres.


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