Opinión / ENERO 15 DE 2021

Vida de supermercado

Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal, no compromete la línea editorial ni periodística de LA CRÓNICA S. A. S.

Los vivos, en esta época, se van casi sin decirlo o significarlo, como si hubiera sido estruendoso su paso por el planeta. Excepto, claro está, para los convertidos en personajes por esta sociedad de la exhibición. Para algunos de ellos, imágenes del Instagram o Facebook, ni la muerte contiene la dignidad del silencio.

Nuestros deportistas de hace cincuenta años eran sobrios y tranquilos. Recuerdo las largas caminatas nocturnas que hacíamos con mi hermano y mi primo Rooselvelt por la vereda La Paloma, hacia una fonda, 45 años atrás, para encontrar el brillo de un televisor. 

Íbamos a tientas por los cafetales, cruzábamos quebradas, atravesábamos guaduales, con la idea de ver un partido de la selección Colombia de Willintong Ortiz, quien fue un ganador, un gambeteador, en un equipo ríspido y perdedor.

Devolverse luego era difícil y triste. Casi siempre fuimos perdedores. Regresábamos con el bolsillo lleno de desilusión y de goles en contra. No pasaba igual la medianoche del 31 de diciembre, cuando nuestros atletas, campesinos o desplazados, corrían en Brasil, en la San Silvestre de San Paulo.

Primero fue Álvaro Mejía, quien había ganado en Puerto Rico y luego triunfaría en 1971 en La media maratón de Boston. En 1966, ganó sin atenuantes la maratón de San Silvestre, esa extraña carrera del 31 de diciembre, metáfora de un pasado huidizo.

Domingo Tibaduiza, bogotano, demolió a sus contrincantes en 1977, y venció ante participantes de 33 naciones, como también lo hizo en la maratón de Berlín. Corrían, así lo dijo la saeta Mejía, con hambre y corazón. Tibaduiza, para calentar el 31 de diciembre en la mañana y pasar sus nervios trotó 12 kilómetros como antecedentes a su gesta de la noche.

Otro gallo cantaba cuando corría Víctor Mora, el hombre que nos alejaba con sus enormes zancadas del año pasado, el 31 de diciembre. En 1972, 1973, 1975 y 1981, también en Brasil, dejó atrás a sus contrincantes, como en decenas de otras carreras de semifondo y fondo, y nos puso a celebrar la tristeza ida. Víctor Mora, años después, trabajaría de empleado en un estacionamiento de autos en Canadá; para muchos fue el más importante deportista de Colombia en todas sus épocas.

Eran hombres discretos en sus procederes. Luego, el mundo entraría en esta espiral de tremendismo mediático, que hace de un deportista exitoso, una estrella de las pantallas.

A Diego Maradona nadie le puede negar su calidad de genio con la pelota, de capitán incesante y de militante de los partidos de los pobres. Nadie puede ignorar la magia de su zurda. Pero muchas mujeres si desprecian su ejemplo y sus formas de abuso. Muchos jóvenes y adultos repelen sus prácticas de adicto y su despotismo de riquito caprichoso. 

 La histeria en Argentina por la muerte de Maradona dice muy bien al lugar a donde hemos llegado. Al frente de una puerta de latón, iluminada con el neón de la banalidad más rampante. Somos eso, y mucho menos: un supermercado bien iluminado. 


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