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Opinión / SEPTIEMBRE 07 DE 2009

Vivir en paz

Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal, no compromete la línea editorial ni periodística de LA CRÓNICA S. A. S.

Con el lema “Vivo la vida ¿y tú?” se da inicio a una celebración más de la Semana por la paz, en la cual diversas entidades realizan una propuesta colectiva en pos de la dignidad, la paz y la vida, como elementos esenciales de bienestar social, por los cuales debemos luchar de manera conjunta y sin ningún tipo de treguas ni aplazamientos.

En esta semana muchos eventos importantes se destacan, actos académicos, culturales, y manifestaciones de buena voluntad por todo el Quindío, resaltándose de manera especial la programación de la Octava Brigada, que está además dispuesta para que la población civil disfrute de ella, y las jornadas de sensibilización ciudadana, en las instituciones educativas y gubernamentales.
Muy oportuno que todas las personas naturales y jurídicas del departamento compartamos una reflexión que engendre compromisos concretos para que la vida se mantenga en condiciones de dignidad, y procuremos consolidar la paz individual y colectiva, tan necesaria para el espíritu de cada uno y cada una de nosotras, y para la sanidad del alma colombiana.

Vivir la vida, y vivirla en paz, son propuestas pertinentes en una sociedad agobiada por la guerra, enferma de conflicto y desencuentro, cansada del asesinato, los accidentes, las agresiones, la violencia intrafamiliar y todas las formas posibles de atentados contra la paz, la dignidad y la vida.
Cuando el suicidio campea rampante, pululan los accidentes de tránsito (motocicletas especialmente) y las cifras de los indicadores de las problemáticas sociales más sensibles, incrementan hasta alcanzar un rojo oscuro, casi negro, en el termómetro de la vida colectiva, es necesario hablar de la vida y hacerlo con conciencia y seriedad.

Urge que ejerzamos esa vida, única y maravillosa, como un derecho inalienable e irrenunciable; que todos comprendamos que nadie tiene la facultad para disponer de la existencia de otra persona (ni siquiera de sus hijos e hijas), que se trata de un don sagrado, cuyo único autor y propietario es Dios mismo y que el respeto absoluto, rotundo, y sin ningún tipo de excepciones (ni siquiera por inconstitucionalidades absurdas como en el caso de la “licencia judicial” para el aborto), es un imperativo mínimo de un pueblo que se llame a sí mismo civilizado.

Urge también que esa vida que tenemos derecho a ejercer, hasta que se apague la llama sin otro motivo que su extinción natural, transcurra en condiciones de mínima dignidad, asunto bastante cuestionable en un país como el nuestro, donde la miseria se ríe cínicamente a carcajadas sin que a muchos importe, y los supuestos fundamentales de bienestar no están conquistados todavía.
Y urge que esa vida corra, con la naturalidad del agua tranquila de una quebrada sin sobresaltos, que gocemos del tesoro inmenso de la paz interior, conquista de los espíritus sabios y humildes, y encontremos caminos para resolver las diferencias, sin más armas que las palabras, sin más violencia que la de un fuerte abrazo de reconciliación…

Si aprendemos como vivir en paz con nosotros, con Dios, con la naturaleza y con los que transitan nuestro mismo camino, este tipo de celebraciones adquirirán un sentido mejor cada vez, el de permitirnos a todos y todas comprender que somos hermanos de sangre y de especie y que solo mirándonos a los ojos con amor, comprendiéndonos con benevolencia y apoyándonos unos a otros con generosidad, conquistaremos un presente más feliz y un futuro más promisorio para todos. Que así sea.

angelaquindio@hotmail.com

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