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Opinión / NOVIEMBRE 23 DE 2022

Turismo vs. Realidad

Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal, no compromete la línea editorial ni periodística de LA CRÓNICA S. A. S.

No cabe duda. Si nuestra Colombia grande no llevara a cuestas el problema insoluble del narcotráfico y los narcocultivos, con sus adheridos delictivos de todo orden que el país conoce y padece; si la acción de grupos armados ilegales, llámense guerrilleros, paramilitares, clanes, bandas, nutridos algunos por doctrinas ideológicas de odios clasistas y todos por el dinero maldito de tal actividad, no hubiesen desplegado su estela de violencia, muertes y destrucción, durante más de medio siglo, este país de ideal geografía, con extensos litorales en los dos principales océanos del globo, tres cordilleras, abundantes fuentes hídricas, fértiles planicies, laderas, selvas y bosques, variados climas, atractivos naturales, surtida gastronomía, además de gente cordial, hospitalaria, de cálido trato, sería, junto con el Perú -vecino sureño que cuenta con una sinigual riqueza arqueológica-, destino turístico de valoración superior a escala mundial. Aún con factores en contra, apenas superada la pandemia Covid, Colombia, al margen de políticas estatales, más bien por la fortaleza de inversiones e iniciativas privadas, ha venido ampliando y mejorando la oferta de atractivos para todos los públicos y estratos económicos. Son evidentes, no obstante, serias carencias infraestructurales en aeropuertos, vías, hotelería, lo cual limita las posibilidades del turismo como fuente alterna, importante, sustitutiva, de divisas. Igual, obra en contra la vigencia de violencia rural y urbana, factor altamente disuasivo para potenciales visitas del exterior.

Nada de extraño tiene hoy día, sin embargo, hallar en los municipios quindianos, gente de todas las nacionalidades, etnias e idiomas imaginables, consumiendo desde menús elementales hasta platos de exigente elaboración; instalados en sencillos alojamientos compartidos, o en hoteles y restaurantes dignos de la Guía Michelin. ¿Cómo choca o armoniza la clara tendencia de incremento en número de presencias foráneas dentro de nuestras fronteras, con los planes económicos del actual gobierno? Por una parte, la cuota de sacrificio del consumidor nacional, a cuenta del alza de precios, efecto a su vez del deterioro cambiario por decisiones oficiales, se transforma en beneficios para el turista extranjero, quien recibe más pesos por sus dólares, euros, etc. Una indeseada contrapartida es la espiral inflacionaria que el parroquiano local debe soportar. En el Quindío, e igual debe ocurrir en zonas de alta demanda turística, el habitante, el residente regional, ambos con permanente presencia en el comercio de bienes y servicios, se ven obligados a sufragar precios de visitante, tornando el supuesto beneficio social, en perjuicio. 

Torpe sería negarle al turismo su positivo rol de multiplicador productivo, su potencial de aportes consistentes en cifras macroeconómicas. De ahí a soñar con la industria sin chimeneas como sustituto de las demás, de la industria petrolera y derivados, por ejemplo, es descabellado. No obstante, no todo es color rosa. Un turismo masivo, sin controles, sin adecuada oferta, sin aprecio de atributos, irrespetuoso de valores comunitarios de convivencia, desintonizado de realidades y expectativas locales, troca a amenaza socio-ambiental, a motivos de rechazo hacia el foráneo.    


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